Auditoría interna como socio estratégico del negocio
Ha dejado de ser un actor periférico para convertirse en una función con alto valor para la organización dada su capacidad para ofrecer una visión independiente y transversal sobre cómo se gobierna el negocio

A día de hoy, las empresas se enfrentan a una realidad y un entorno donde los riesgos más relevantes no son tan evidentes o inmediatos. Aspectos como la volatilidad macroeconómica y geopolítica, la presión regulatoria, la digitalización acelerada, el incremento del uso de la inteligencia artificial, la dependencia de terceros, la ciberseguridad, la reputación o la sostenibilidad dictan las reglas del juego y están presentes en las decisiones estratégicas de las empresas. Por ello, las empresas han de contar con herramientas que les permitan tomar decisiones con una lectura completa, honesta y clara de sus riesgos, donde las decisiones incorrectas pesan más que los incumplimientos formales. El verdadero problema ya no es saltarse una norma, sino tomar decisiones estratégicas con una falsa sensación de control.
Las tendencias y las practicas del mundo empresarial a nivel nacional e internacional nos dicen que, adicional a la supervisión a posterior que históricamente ha venido haciendo la función de auditoría interna, el involucrarla en procesos previos a la toma de decisiones estratégicas, ayuda en la creación y protección del valor generado, así como en la dotación de solidez en los procesos de decisión.
Su rol ya no es solo un mecanismo de control que entra en juego cuando el daño ya está hecho, cuando el riesgo se ha materializado o cuando alguien pregunta qué ha fallado. Ha dejado de ser un actor periférico para convertirse en una función con alto valor para la organización dada su capacidad para ofrecer una visión independiente y transversal sobre cómo se gobierna el negocio y cómo se gestionan los riesgos relevantes, evaluando si la organización está alineando su estrategia con su capacidad real para asumirlos.
Muchas compañías afirman haber integrado la auditoría interna en su modelo de gobierno y en su estrategia, aunque, en la práctica, no siempre resulta así. Las compañías deben preocuparse de que la función no llegue tarde a la conversación estratégica y que si llegue antes de que las decisiones clave sean tomadas, pudiendo entonces aportar una visión objetiva acerca de las bases que sostienen la decisión a tomar.
Las organizaciones con clara visión estratégica se preocupan de que la función de auditoría interna obtenga la información estratégica que le permita actuar antes de la toma de decisiones clave y le permiten aportar su visión en los momentos previos, como cuando se evalúa una adquisición, una desinversión, un cambio en la cadena de suministro, una externalización crítica o una apuesta tecnológica de gran impacto, ya que dispone de una visión independiente sobre riesgos operativos, financieros y de gobierno.
Para ello, han involucrado a auditoría interna en reuniones clave, han establecido procesos de comunicación de información relevante a la función o, incluso, la han hecho partícipe en los Comités de Dirección. Estas organizaciones que han sido capaces de identificar el valor que auditoría interna aporta en estos momentos previos, han conseguido reducir la probabilidad de errores que resultan más difíciles de corregir a posteriori.
La auditoría interna debe de estar en condiciones de identificar debilidades en las bases que soportan las decisiones y que no siempre se ponen de manifiesto tras los análisis que se pueden estar llevando a cabo en la organización, tales como dependencias críticas de terceros poco evaluadas, procesos de crecimiento que erosionan el control interno o estructuras de gobierno que no acompañan la complejidad del negocio.
Por este motivo, auditoría interna encastrada en la organización como actor estratégico, sirve también como un mecanismo de supervisión preventivo, capaz de introducir visibilidad de otros aspectos clave, rigor en la toma de decisiones y de cuestionar inercias asentadas en la organización.
Este cambio exige también una evolución del propio perfil del auditor interno, no siendo suficiente el dominio técnico o normativo. Se requiere comprensión profunda del negocio, criterio económico y capacidad para traducir sus observaciones en impactos reales sobre rentabilidad, solvencia y sostenibilidad de la organización, así como ser capaz de influir en las decisiones cuando todavía están por tomarse.
El auditor interno debe ser capaz de identificar los riesgos de forma completa y rodearse de los perfiles necesarios para su supervisión. Resulta necesario contar con el apoyo del órgano de administración, la dotación adecuada de recursos y la confianza en la función.
En conclusión, en un entorno donde la confianza se ha convertido en un activo cada vez más frágil, la auditoría interna refuerza la credibilidad del gobierno corporativo. Persistir en una visión reactiva de la auditoría interna implica asumir un riesgo que muchas empresas no terminan de calibrar. Cuando la auditoría interna no participa en la conversación previa a la decisión —cuando se limita a revisar lo realizado —, la dirección decide más rápido, pero no necesariamente mejor. La auditoría interna no debe ser un freno. Bien integrada, actúa como el socio más exigente del CEO y del órgano de administración, poniendo foco en informar sobre los riesgos derivados de las decisiones.