El agua invisible que consume la IA desafía la transparencia de los informes de sostenibilidad
La CNMV recuerda que las empresas deben reportar su huella hídrica si el impacto es “material” según su ubicación y el estrés de la cuenca

La inteligencia artificial (IA) consume enormes cantidades de agua, pero ese impacto no suele reflejarse en los informes de sostenibilidad empresarial. Aunque no se ve en la pantalla del ordenador cuando un usuario escribe un prompt, está ahí, refrigerando los servidores que hacen posible cada respuesta. Google calculó el año pasado que un mensaje de texto de su asistente Gemini utiliza 0,26 mililitros, el equivalente a cinco gotas. Aunque se trata de una cifra aproximada y objeto de debate, multiplicada por miles de millones de consultas diarias adquiere otra dimensión.
Para ponerla en perspectiva, la Unesco señala que el consumo global de agua de Google, Microsoft y Meta podría triplicarse en 2027. En un informe publicado en 2025, la organización estima que la demanda asociada a la IA podría consumir entre 4,2 y 6,6 billones de litros. Se trata de una cantidad que superaría la extracción total anual de agua de Dinamarca.
Estas proyecciones cobran importancia en un contexto internacional de escasez de agua. La Universidad de las Naciones Unidas lo calificó este enero como “bancarrota hídrica”, con puntos críticos en el Mediterráneo y el sur de Europa. Aunque no analiza la situación concreta de España, la Agencia Medioambiental Europea cataloga a nuestro país con estrés hídrico alto, y el 74% del territorio es susceptible de desertificación, según el Ministerio de Transición Ecológica.
El consumo de agua, aunque a veces invisible, está relacionado con la obligación de las empresas de informar sobre sus impactos ambientales relevantes. En este contexto surge una pregunta crítica: ¿las compañías deben medir y reportar la huella asociada al uso de la IA? A medida que esta tecnología se integra en sus procesos cotidianos, su impacto sobre los recursos naturales entra en el foco de la sostenibilidad corporativa.
“Si la IA forma parte relevante del modelo operativo, ya sea por intensidad de su uso, dependencia de proveedores tecnológicos o exposición territorial, la huella hídrica asociada debe abordarse en el reporting como parte de la materialidad y la gestión de riesgos”, opina Germán Granda, director general de Forética, la organización empresarial de sostenibilidad y responsabilidad social. “El agua no es una variable operativa secundaria. Proponemos integrarla en la toma de decisiones porque el riesgo hídrico puede afectar a los procesos, cadena de valor y licencia para operar. Esto aplica incluso a sectores no tradicionalmente intensivos en agua”, añade.
Hasta hace poco, los estudios sobre el impacto ambiental de la IA se centraban principalmente en el consumo de energía. Sin embargo, cada vez más artículos insisten en que “es fundamental abordar de forma integral la huella hídrica junto con la de carbono para lograr una IA verdaderamente sostenible”, como afirma uno de la Universidad de California (Riverside).
Centros de datos
El impacto hídrico se entiende mejor si se observa cómo funcionan los centros de datos. Estas infraestructuras son “el corazón físico de la IA”, dice Begoña Villacís, directora ejecutiva de Spain DC, la Asociación Española de Data Centers que agrupa a las principales empresas del sector. En ellas se alojan los servidores que procesan y almacenan la información de los modelos de IA. Cada consulta enviada desde un móvil o un ordenador viaja hasta estos centros, donde se ejecuta y se devuelve la respuesta en fracciones de segundo.
Este procesamiento genera calor. Para que los servidores funcionen de manera segura y eficiente, ese calor debe disiparse mediante sistemas de refrigeración. Algunos centros de datos utilizan agua directamente en torres de enfriamiento o indirectamente a través de la electricidad que alimenta los equipos. “Gran parte de esta es dulce y potable”, advierte la Unesco, “lo que intensifica la presión” sobre los recursos aptos para el consumo humano.
Además del agua, la IA tiene un coste energético creciente. Hay 1.000 millones de personas que usan diariamente esta tecnología. Cada interacción consume una media de 0,34 vatios por hora. Eso añade hasta 310 gigavatios hora por año, “el equivalente al uso anual de electricidad de más de tres millones de personas de un país africano de bajos ingresos”, según la organización de Naciones Unidas.
Aunque la IA está cada vez más presente en la actividad empresarial, su impacto ambiental es poco visible en los informes de sostenibilidad. Estos documentos, también conocidos como información no financiera, obligan a las grandes compañías a publicar datos sobre aspectos que no se ven en las cuentas tradicionales, pero que sí influyen en su negocio, como la forma en que generan beneficios, los riesgos ambientales o sociales que afrontan y el impacto que sus actividades tienen sobre el medio ambiente y la sociedad.
El nivel de detalle sobre el consumo de agua asociado a esta tecnología varía notablemente entre empresas. En el caso de las grandes tecnológicas, algunas cifras se conocen de forma agregada. Google señala que este aumentó un 28% entre 2023 y 2024, mientras que Microsoft afirma que está centrando sus esfuerzos en avanzar hacia una reducción del 40% en 2030. En esta línea también se pronuncia Meta.
La materialidad
Actualmente, solo las grandes entidades de interés público con más de 500 empleados están obligadas a reportar información sobre criterios ambientales, sociales y de gobernanza (ESG), recuerda Antonio Bañón, responsable de energía de Squire Patton Boggs. No obstante, a partir de 2027 se sumarán otras grandes empresas, y desde 2028 también algunas pymes cotizadas y ciertas entidades financieras y aseguradoras.
La Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV), encargada de supervisar la información ESG, explica que el concepto clave a la hora de reportar la huella ambiental es “la materialidad”. Esto significa que las compañías no están obligadas a informar sobre todos los impactos posibles, sino solo sobre aquellos que resulten relevantes o significativos según el contexto en el que operan.
Un ejemplo práctico son los centros de datos, criticados por las asociaciones ecologistas debido a la opacidad informativa sobre el volumen de agua que utilizan. En estos casos, debe evaluarse su ubicación y el estrés hídrico de la cuenca donde se encuentran. Si cuentan con “permiso de uso de agua”, puede presumirse que el impacto no es material, dice Eduardo Orteu, counsel de ESG y Medioambiente de Gómez-Acebo & Pombo, aunque el análisis debe hacerse “caso por caso”. Cuando el impacto sí es significativo, el informe debe describir las “medidas de mitigación” y explicar cómo se alinean con la taxonomía europea, un marco que define qué actividades económicas son ambientalmente sostenibles.
Hoy en día no existe una norma que obligue específicamente a las empresas de IA a informar sobre los “litros de agua consumidos para entrenar u operar sus modelos”, explica Víctor Moralo, socio de Sostenibilidad y Medio Ambiente de Ecija. Sin embargo, si la empresa gestiona infraestructuras propias, como un centro de datos, y el agua usada para refrigeración se considera un impacto ambiental relevante, entonces sí debe incluirlo en los informes de sostenibilidad. “En función de lo material que sea la actividad de los sistemas de IA, tendrá que proporcionar más o menos información”, aclaran fuentes de la CNMV.
Si la empresa no gestiona sus propios centros de datos, por ejemplo, porque utiliza servicios en la nube de tecnológicas como Amazon, Microsoft o Google, el consumo de agua suele situarse “en el perímetro del proveedor”, añade Jaime Peñarrubia, asociado de Ecija. En ese caso, el impacto ambiental no pertenece directamente a las operaciones de la empresa usuaria, sino a su cadena de valor. La compañía debe evaluar si la utilización de la IA de terceros tiene un impacto material y, en ese caso, incorporar esa información.
En general, “no puede hablarse de responsabilidad” por el mero hecho de que un proveedor no informe adecuadamente sobre su huella hídrica, dice Bañón. Ahora bien, sí puede existir riesgo jurídico si esa carencia repercute en el propio reporte de sostenibilidad de la empresa o en afirmaciones ambientales que no estén suficientemente fundamentadas. En estos casos, lo relevante suele ser si la compañía despliega esfuerzos razonables para obtener, contrastar o estimar la información material de su cadena de valor y si explica con transparencia las limitaciones de los datos.
Aunque estas instalaciones pueden parecer abstractas desde la pantalla del ordenador, su funcionamiento tiene una huella hídrica real. Como señala la profesora de Esade Irene Unceta, “una chimenea humeante se asocia de inmediato con impacto ambiental porque hace visible la contaminación. En cambio, la IA se asocia con imágenes que desmaterializan su infraestructura física y desplazan su impacto fuera del campo visual”. En un contexto de escasez hídrica, la huella de la IA es demasiado visible para quedar fuera de los informes de sostenibilidad.
La Directiva de Eficiencia Energética
Normativa. La Unión Europea ha reforzado su estrategia regulatoria a través de la Directiva de Eficiencia Energética, aún pendiente de transposición en España. Parte de que el crecimiento de la infraestructura digital debe alinearse con los objetivos de descarbonización y eficiencia energética. La norma introduce obligaciones específicas de reporte para centros de datos de gran escala, aquellos con demanda de potencia eléctrica igual o superior a 500 kW. Según Eduardo Orteu, counsel de Medioambiente de Gómez-Acebo & Pombo, deberán informar sobre “la eficiencia hídrica y el volumen anual de agua utilizado, incluida la cantidad de agua potable”. La normativa también prevé información sobre “consumo de energía, utilización de electricidad, valores de ajuste de temperatura, utilización del calor residual y uso de energías renovables”, enumeran desde la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV).
Centros. Para Begoña Villacís, directora general de Spain DC, la Asociación Española de Data Centers que agrupa a las principales empresas del sector, la transparencia es clave. “Va a limitar la capacidad de generar realidades alternativas”, dice. “Es importante que lo hagamos bien en Europa. No queremos distraer inversiones que acaben en territorios con otros estándares ambientales”, añade la que fuera vicealcaldesa de Madrid. En España, el debate sobre la sostenibilidad de los centros de datos cobra especial relevancia porque nuestro país se está convirtiendo en un punto estratégico para la infraestructura de la inteligencia artificial (IA) en el sur de Europa. Según Spain DC, existen alrededor de cien instalaciones, concentradas principalmente en Madrid, Barcelona y Zaragoza, y las inversiones podrían alcanzar los 58.000 millones de euros en 2030. Villacís considera que esta expansión acerca a España a los llamados FLAP, el acrónimo que identifica a los principales nodos de interconexión de Europa: Fráncfort, Londres, Ámsterdam y París. No obstante, este crecimiento también genera presión sobre infraestructuras muy demandadas, como los recursos hídricos o la red eléctrica, planteando interrogantes sobre la capacidad del sistema para sostenerlo.

