Davos en la era del ruido global: economía, poder y cooperación en un mundo fragmentado
Su riesgo es volverse un ritual vacío si no logra reducir la distancia entre su bienintencionado discurso y la realidad


El Foro Económico Mundial de Davos está celebrándose de nuevo esta semana en un momento que condensa bien las contradicciones del orden internacional actual. La economía global resiste mejor de lo esperado, los mercados financieros muestran una notable fortaleza y la innovación tecnológica –especialmente la inteligencia artificial– promete transformar el crecimiento futuro. Al mismo tiempo, el entorno geopolítico es cada vez más inestable, marcado por conflictos abiertos, rivalidad entre grandes potencias y una creciente desconfianza entre países. El lema del Davos 2026, centrado en la cooperación, la sostenibilidad y la innovación inclusiva, refleja aspiraciones loables, aunque inevitablemente buenistas, si se comparan con la realidad de la política mundial. Aunque este foro sigue siendo el principal punto de encuentro informal de las élites políticas, empresariales y financieras, su relevancia social es limitada. Para una gran parte de la ciudadanía, Davos es un evento lejano, asociado a una globalización elitista y poco conectada con los problemas reales de la sociedad.
Desde el punto de vista macroeconómico, el inicio de 2026 ofrece una paradoja llamativa. Los mercados parecen haber aprendido a cancelar el ruido político y geopolítico, centrándose en los datos económicos subyacentes y en el potencial de la IA como nuevo motor de productividad. El crecimiento global se mantiene en torno al 3%, con Estados Unidos mostrando una fortaleza superior a la prevista, Europa estabilizándose lentamente y China apoyándose cada vez más en sus exportaciones de alto contenido tecnológico. La inflación, aunque todavía presente, ha dejado de ser el principal foco de preocupación inmediata en las economías avanzadas. Esto permite a los bancos centrales adoptar una postura más prudente y menos restrictiva. Esta combinación de crecimiento razonable, inflación más contenida y expectativas de ganancias de productividad explica el buen comportamiento de los mercados financieros, incluso en un entorno de elevada incertidumbre.
Pero esta aparente calma no está exenta de riesgos. Ignorar de forma sistemática el ruido geopolítico puede generar una falsa sensación de seguridad. Las tensiones en Irán, los dramáticos acontecimientos de Venezuela, o las amenazas sobre territorios como Groenlandia recuerdan que la política vuelve a imponerse como factor de disrupción económica. El telón de fondo de Davos 2026 es la consolidación de un mundo claramente multipolar. Estados Unidos, China y Rusia concentran el grueso del poder militar y una parte decisiva del poder económico, condicionando el nuevo orden internacional.
Estados Unidos, que ha reforzado su presencia en el Foro este año, incluido su presidente, sigue siendo el principal motor del crecimiento en el mundo desarrollado y el epicentro de la innovación tecnológica, pero también el país que más explícitamente utiliza herramientas económicas –aranceles, sanciones, controles tecnológicos– como instrumentos de política exterior. China, por su parte, avanza hacia un modelo más apoyado en exportaciones de tecnología verde, semiconductores y bienes industriales avanzados, mientras refuerza su influencia en Asia, África y América Latina (aunque en esta última zona los cambios en Venezuela pueden cambiar ese peso del gigante asiático). Rusia, aunque con menor peso económico, conserva una capacidad significativa de desestabilización geopolítica, especialmente en energía y seguridad. En todo caso, el Foro actúa más como termómetro del estado del mundo que como palanca real de acción colectiva.
La cooperación global no ha desaparecido, pero ha cambiado de forma. El multilateralismo clásico se debilita, mientras gana peso una cooperación más selectiva, flexible y basada en intereses compartidos entre grupos reducidos de países. La cooperación en comercio y capital se mantiene, aunque reconfigurada. La innovación y la tecnología avanzan con fuerza, y la asociación climática progresa, aunque a un ritmo más pausado. En cambio, el ámbito de la paz y la seguridad es el que muestra un deterioro más acusado, con conflictos más frecuentes, mayor gasto militar y mecanismos multilaterales cada vez menos eficaces. Este contexto explica el tono marcadamente normativo de muchos debates de Davos 2026. Se habla de cooperación, inclusión y sostenibilidad mientras el mundo real avanza en dirección opuesta.
Donde Davos sí acierta es en identificar a la IA como eje central del crecimiento futuro. La inversión en centros de datos, semiconductores, software y servicios asociados a la IA ya se mide en cientos de miles de millones de dólares, con estimaciones que apuntan –aparentemente optimistas hasta ahora– a varios billones de dólares adicionales en las próximas décadas. La gran incógnita es cómo se repartirán esos beneficios. La IA promete aumentos significativos de productividad, pero también riesgos evidentes, como polarización del mercado laboral, concentración de poder económico y aumento de la desigualdad. Aquí se hace especialmente visible la brecha entre el discurso de Davos y la percepción social. Mientras las élites debaten sobre regulación ética y cooperación tecnológica, muchos ciudadanos ven la IA como una amenaza más que como una oportunidad.
La pregunta final es si Davos sigue importando en un mundo donde las decisiones clave se toman cada vez más de modo unilateral. La respuesta es ambivalente. Davos ya no es –si es que alguna vez lo fue– el “gobierno informal del mundo”. Pero sigue siendo un espacio único de intercambio de información, señales y narrativas entre quienes concentran poder económico y político. Su principal riesgo es convertirse en un ritual vacío si no logra reducir la distancia entre su discurso bienintencionado y la realidad de un mundo más desigual, más inseguro y más desconfiado. En 2026, Davos es menos un lugar donde se decide el futuro y más un espejo que refleja, con cierta incomodidad, las contradicciones del presente.