El penúltimo baile de Belén Garijo, la española más internacional
La almanseña, hasta ahora CEO de Merck, vuelve a la farmacéutica francesa Sanofi para sacarla de su letargo bursátil


Tacones altos, mucho poder y nunca en casa”: así resumía hace unos años Irene Mora Garijo, hija de Belén Garijo, cómo era la mejor versión de su madre. A paso firme –y con tacones– la almanseña de 65 años, considerada durante un tiempo la mujer más poderosa del ya de por sí poderoso mundo empresarial alemán, afronta el que quizá sea su último baile: será la nueva consejera delegada de Sanofi, la farmacéutica francesa, tras abandonar la alemana Merck, que ha dirigido durante los últimos cinco años. Una nueva mudanza para la ejecutiva, que tendrá que seguir cargando con la coletilla que la acompaña desde hace décadas: la española más internacional.
El exitoso camino de Garijo comienza en la Universidad de Alcalá de Henares, y lo hace de forma accidentada. Allí, lidera como estudiante de Medicina las protestas contra los numerus clausus de acceso a la facultad y se prepara para lo que ella piensa que va a ser una larga carrera en el ejercicio de la medicina interna. Pero, como en la mítica escena de Match Point, la bola a veces cae en un lado inesperado de la red: en una época en la que las plazas MIR están muy limitadas, la recién licenciada se acaba formando en farmacología en el hospital madrileño de La Paz y, tras seis años de práctica médica en Sanitas, se pasa a la industria farmacéutica. De haberse convocado oposiciones, ha contado alguna vez, quizá nunca habría dado el paso al mundo empresarial.
De mudanza en mudanza
En 1988 recibe su primera oportunidad en el sector en el que se acabará convirtiendo en una de las voces más influyentes, como directora médica de Abbot España. En 1996, comienza su particular y larga vuelta al mundo: se muda a Chicago como directora de la unidad de negocio de oncología de Rhone Poulenc Rorer. Tres años más tarde, cambia la ciudad del viento por Nueva Jersey, como vicepresidenta global de oncología en Aventir. En 2003 vuelve a España, donde lidera la fusión con Sanofi, que acaba dirigiendo en el país. No durará mucho: tres años después, se traslada a París como vicepresidenta de la farmacéutica francesa que ahora liderará. Luego, viene Berlín: en 2011 ficha por Merck, autodefinida como la farmacéutica más antigua del mundo y que acabará liderando en 2021, hasta ahora. Allí, se convierte en la ejecutiva mejor pagada del Dax, el índice que reúne a las grandes cotizadas alemanas.
Casada con un especialista en urología y con dos hijas, tanto ir y venir no siempre ha sido fácil, ha reconocido en varias ocasiones. Tampoco lo es criar a dos niñas desde las plantas nobles de empresas cotizadas. Hace unos años, una de sus hijas dio una charla TED donde contaba cómo es crecer con una madre en el top job. Y, aunque bromeaba con que sus profesores la llamaban “la niña sin madre”, afirmaba sin lugar a dudas que, lejos de sentirse abandonadas, su progenitora había sido un ejemplo a seguir. Igual que su padre, que había sabido, aun sin renunciar a su profesión, adaptarse a la muy exitosa carrera de su pareja.
Garijo tiene fama de directa, a veces tajante. No se corta para defender lo que cree y no duda en enfrentar al poder político si no está de acuerdo con sus planteamientos. Lo ha hecho con el Gobierno español, al criticar la falta de inversión en investigación o de oportunidades para los jóvenes, y, más recientemente, con la Administración Trump y su crítica a las políticas inclusivas y de diversidad: “Las políticas de diversidad generan valor de negocio. Lo hemos implementado a lo largo de los años de una manera pragmática, teniendo una gestión de talento que no discrimine. Esta demagogia que se ha generado en cuanto a la diversidad nos ha estimulado a seguir hacia delante con más fuerza”, afirmaba hace unos meses en un foro organizado por El Español.
Y, aunque sabiendo adaptarse a las distintas culturas empresariales, ha intentado mantenerse fiel a una idea del negocio: “Llevo 30 años o más en la industria, he estado en posiciones de todo tipo y en muchos países y la esencia de Belén Garijo he intentado que no cambie. La persona que soy, cómo me gusta liderar las organizaciones…, creo que ha sido uno de los grandes catalizadores de mi carrera profesional”, defendía en 2020, tras su nombramiento como consejera delegada de Merck.
En los sucesivos puestos que ha asumido, la ejecutiva española ha sido siempre una ferviente defensora del sector farmacéutico y su impacto sobre la sociedad, especialmente después del covid. En esta nueva aventura en Sanofi su reto no es reputacional, sino bursátil: las acciones de la firma francesa cotizan en mínimos desde febrero de 2021. Los analistas de JP Morgan defienden que se espera que Garijo “imponga una mayor disciplina en Sanofi y acelere los preparativos para el futuro de la farmacéutica más allá de Dupixent, con el foco puesto en impulsar la productividad de I+D”.
En la extensa y muy exitosa carrera de Garijo, cuyo nombre no desentona con los de Ana Botín, Pablo Isla o Enrique Lores, hay, sin embargo, una muesca: no ha sido profeta en su tierra. “Una de las cosas con las que soñamos los españoles es que nuestra experiencia sea valorada en tu país, cosa que no ha sido así, a excepción de los consejos de administración en los que participo”, se lamentaba en 2018 la almanseña, que además de ejecutiva en grandes farmacéuticas forma parte del consejo de L’Oréal –donde coincidirá ahora con otro ilustre ejecutivo español, el mencionado Isla– y del BBVA. No lo será tampoco en esta ocasión, donde volverá a cambiar Berlín por París.
Todo parece indicar que en este último –en estas esferas casi siempre es penúltimo– baile empresarial Garijo seguirá fiel a su estilo de tacones altos, mucho poder y nunca en casa. Hace una semana, poco después de su nombramiento, aprovechó para lanzar un mensaje en LinkedIn: “Para cada niña que se pregunte si su lugar está en la ciencia: lo está. Y el mundo necesita tu brillantez más que nunca”.
La importancia de destacar
Bailarina. La hija mayor de Belén Garijo cuenta en otra de sus anécdotas cómo, en uno de sus destinos, sus padres la apuntaron a ballet. El primer día que llegó a clase, se encontró a todas las demás niñas en los típicos leotardos claros, mientras que ella en su mochila se topó con un bañador azul. Cuando llegó a casa y le contó a su madre su pequeño drama, Garijo le respondió: “Ya verás cómo, cuando vuelvas el próximo día, el profesor solo se sabrá tu nombre”. Así fue.