Trump, Netanyahu y las victorias inmorales
Mandatarios con currículos poco ejemplares y elecciones próximas provocan el desorden mundial, para regocijo de su enemigo ruso

Hubo un tiempo en que el denominado soft power, el poder blando, era la seña de identidad de la Civilización Occidental (Europa Occidental y Central, América del Norte, Australia, Nueva Zelanda e Israel). Un poder fundamentado en cultura, valores políticos y diplomacia, tres recursos que no se imponían y eran admirados por el resto de países. Por eso, los ciudadanos de la Alemania del este arriesgaban su vida para cruzar a Occidente, y no al revés, y cuando cayó el muro de Berlín, en 1989, los países de Europa Oriental, que pertenecieron al bloque comunista, quisieron incorporarse voluntariamente a la Unión Europea y a la OTAN, a sus valores, y desengancharse de Rusia; un proceso que trata de frenar invadiendo Ucrania.
Los valores políticos de esa civilización son los denominados valores occidentales, que el politólogo estadounidense Samuel P. Huntington identificó en El choque de civilizaciones, que tienen sus raíces en la cultura grecorromana y la religión judeocristiana. De ahí surgen valores como el individualismo, liberalismo, constitucionalismo, derechos humanos, igualdad, libertad, imperio de la ley, democracia, libre mercado y separación Iglesia y Estado.
Las acometidas de Donald Trump y Benjamín Netanyahu en los últimos tiempos ponen de manifiesto cómo están violentando esos valores que caracterizan a Occidente, a sus países, y cómo se ha pasado de la política de la influencia, del convencimiento, a una era del hard power, del poder duro, donde la razón se mide por el tamaño del arsenal militar. El poder internacional ya no emana de la legitimidad política y la autoridad moral, que suponían respeto a la legalidad internacional, a la palabra dada, al diferente, a la vida, sino de la fuerza bruta.
La nueva política de Estados Unidos e Israel está diseñada por dos líderes reelegidos democráticamente pero con currículos nada ejemplares. Donald Trump llegó a la campaña electoral de hace dos años con cuatro causas penales abiertas en las que se la acusaban de hasta 88 delitos. Las causas no eran menores: intento de anular los resultados de las elecciones anteriores de 2020, interferencia electoral en Georgia, falsificación de registros comerciales en Nueva York y manejo indebido de documentación clasificada tras dejar la Casa Blanca. Trump ha sido el primer ex presidente de Estados Unidos en ser acusado penalmente.
El caso de Netanyahu no es más leve. Arrastra acusaciones penales formales por delitos de soborno, fraude y abuso de confianza en tres causas distintas. En una se le acusa de aceptar regalos a cambio de favores, en otra de pactar con un rival político la cobertura controlada de un periódico a cambio de apoyo político y, en la tercera, de favorecer a una empresa de telecomunicaciones (Bezeq) a cambio de buena cobertura en su portal Walla. Netanyahu, como es habitual, niega todo y asegura que todo obedece a una caza de brujas desatada contra él.
La interrelación entre Trump y Netanyahu es tan evidente que hasta el propio presidente de Estados Unidos, solicitó formalmente en noviembre pasado el indulto para el primer ministro de Israel mediante una carta enviada al presidente israelí, Isaac Herzog. Se da la circunstancia de que ambos mandatarios tienen elecciones este año. Las de Israel serán el 27 de octubre, como tarde. En Estados Unidos, el 3 de noviembre se celebran las elecciones denominadas intermedias en las que no se vota al presidente, si no que se renueva la totalidad del Congreso y un tercio (35 escaños) del senado. Su resultado permitirá medir el apoyo ciudadano de Trump.
No son ejemplares y tienen comportamientos amorales. La invasión de Venezuela es un ejemplo muy claro. Trump captura y encarcela al presidente del país, Nicolás Maduro, y aúpa a su número dos, Delcy Rodríguez. Parece imposible imputar algo a Maduro en lo que no haya participado su vicepresidenta. El movimiento descoloca totalmente a la oposición que había ganado las elecciones y no ahora no ve urnas en el horizonte. Por eso no sorprende que intente repetir el modelo en Cuba y tomar el poder utilizando a algún castrista. Este comportamiento deja bien a las claras que lo importante es el control del petróleo y del territorio; el imperio de la ley, los derechos humanos, el libre mercado…; son instrumentales.
Otro tanto sucede la libertad de expresión. Hay múltiples testimonios del desprecio de Trump a los periodistas y a los medios de comunicación. Pero no es casualidad que al mismo tiempo que los da por muertos sus amigos se afanen en tomar el control de los que pueden. Desde que llegó al poder en su segundo mandato, su amigo Larri Ellison y su hijo le han puesto en bandeja la CBS y habrá que estar atentos a ver qué camino ideológico toma la CNN tras adquirir la Warner Bros. De su amigo Netanyahu y las prácticas anti libertad de expresión dan buena cuenta los procedimientos judiciales mencionados.
La mezcla de familia y política es otra constantes de los dos líderes, que trabaron amistad cuando en los años 80 cuando Netanyahu era embajador de Israel ante la ONU y Trump uno de los grandes inmobiliarios de Nueva York. En el caso de Netanyahu, el protagonismo lo tienen su mujer (Sara) y su hijo mayor (Yair). Ambos han estado ligados a escándalos, con condena en firme para la esposa por uso indebido de fondos públicos. Yair, que tiene 36 años, vive en Estados Unidos, lo que le ha servido para librarse, al menos por el momento, de alistarse en el ejército. En el caso de Trump, lo más llamativo es la implicación de su yerno Jared Kushner, casado con su hija Ivanka, en todo lo que tenga que ver con Oriente Medio, cuando tiene fondos de inversión que se nutren de las petromonarquías del Golfo Pérsico. Kushner y Steve Witkoff, inmobiliario neoyorkino amigo de Trump, han participado en negociaciones sobre Ucrania e Irán. Fueron los que presentaron la inmoral reconstrucción de Gaza como un resort de vacaciones y son miembros de la Junta de la Paz creada por Trump.
Este repaso superficial por lo conocido, nadie sabe que tiene el iceberg debajo de la línea de agua, hace cuestionarse las verdaderas intenciones y el bagaje moral de las batallas emprendidas por Trump y Netanyahu, lo que no significa simpatizar con sus enemigos. Es difícil entender su monopoly, pero la gestión que están aplicando lleva a un mundo más inseguro y empobrecido. Los bombardeos de Gaza e Irak general odio a Israel y Estados Unidos en muchos territorios. Ese odio será canalizado por fuerzas radicales que se rearmarán para mantener viva la espiral de violencia. Todo esto, mientras se fortalecen las posiciones de Rusia en Ucrania y Europa no acaba de encontrar su sitio en este desorden mundial.