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Tribuna

Un árbol y el bosque

América Latina vuelve a ser noticia estos días por su resistencia a la gran recesión mundial, especialmente en países como Brasil, Chile o México, y recientemente por las políticas populistas de los gobiernos argentino y venezolano. En el 2008, nuestras importaciones ascendieron a 8.553 millones de euros, suponiendo un 5% del total de lo importado, mientras que España exportó a esa región por un valor de 9.144 millones de euros, bien es cierto a una tasa inferior al del total de nuestras exportaciones no siendo motivo de preocupación, sino de oportunidad.

Esta región del mundo debe ser absolutamente prioritaria en nuestras políticas - la acción del Gobierno de España va en esta línea- puesto que el potencial económico de la región es importante, con una expectativa de crecimiento basado en sus recursos naturales, minerales y energéticos y con una población muy joven, y con decididos esfuerzos en integración, si bien deberían seguir avanzando para superar la aún superposición de grupos.

Además, porque por un lado, tanto el FMI como reconocidos expertos reconocen que la mayoría de las economías de la región mantienen una posición más sana que en anteriores crisis: stock de deuda pública más reducida, vencimientos más a largo plazo, políticas fiscales y monetarias que generan mayor confianza…

Por otro lado, las remesas procedentes del exterior -más de veinte millones de latinoamericanos viven fuera de su país- supusieron el 1,5% del PIB de la región en 2007 y son desde hace años superiores a la ayuda al desarrollo y equivalentes a los flujos de inversión extranjera directa (IED). No hace falta abundar en el impacto que ello supone en la economía española desde el punto de vista del mercado de trabajo y en el perfil de crecimiento económico. Sin embargo, en destino, estas remesas contribuyen a fortalecer los sistemas financieros, pero muy especialmente a impulsar el consumo y la inversión de los receptores.

Hay que reconocer que las empresas españolas se han volcado de forma importante durante los últimos quince años en la adquisición de empresas consideradas estratégicas con la finalidad de posicionarse en un mercado en desarrollo pero no exento de riesgos, donde los movimientos sociales pueden provocar cambios políticos bruscos que generen inseguridad jurídica en los capitales invertidos.

A las tensiones geopolíticas en el área se suman las decisiones de alto riesgo como sería el último episodio del ya llamado caso Venezuela con la aprobación del último convenio cambiario que si bien contempla unas medidas que vienen a satisfacer muchas necesidades básicas de la población como son el pago de nóminas en los sectores de petróleo y electricidad, funcionarios civiles y militares, etc., deberían compatibilizar con otras políticas como el aumento de la productividad y de las exportaciones no petrolíferas y evitar unas elevadas tasas de inflación.

Paralelamente, podría darse el caso de que no se respetara -ese es el principal temor- lo que se establece en el propio convenio viendo los inversores disminuir sus beneficios que ya han sido bloqueados. En esta situación, las empresas españolas pueden verse afectadas ya que se desconoce el tipo de cambio aplicable para el pago de capital, intereses y garantías, refiriéndose a lo que decida en su momento el gobierno venezolano a través de su banco central.

¿Qué va a pasar con los precios máximos de venta? ¿Y con la dificultad para la repatriación de beneficios? ¿Cómo van a generar un entorno adecuado para favorecer futuras inversiones? ¿Cómo van a hacer frente a la deuda pendiente? Son factores que podrían afectar a nuestras relaciones comerciales y de inversión. Hoy ninguna de nuestras empresas ha manifestado públicamente una excesiva preocupación ya que tienen una gran presencia y buena operatividad pero parece que han internalizado el coste de la inseguridad jurídica.

Considero necesario apremiar al Gobierno venezolano para dar cumplimiento de lo que prevé el propio convenio y que contribuya a proyectar al mundo una imagen de rigor y seriedad como la que requieren las relaciones económicas y comerciales. Prudencia sería lo aconsejable en estos momentos pero América Latina no es sólo Venezuela, así pues, como acostumbramos a decir, que el árbol no nos impida ver el bosque.

Félix Larrosa. Diputado del PSOE y portavoz en la Comisión de Industria, turismo y comercio del Congreso

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