Deuda, infraestructura y geopolítica: los factores que marcarán a Europa en 2026
El Viejo Continente se enfrentará este año al creciente endeudamiento en un contexto de un mundo fragmentado, en el que la política internacional tiene un papel cada vez más significativo


El mundo ha cambiado, y tal vez para siempre. Así lo confirma el consenso de los expertos tras ser consultados sobre los principales elementos que moldearán la coyuntura económica a nivel global en 2026. Ponderar factores como la geopolítica, el proteccionismo, la autonomía energética y la cadena de suministros se ha vuelto una práctica habitual, pero los desafíos macroeconómicos como el endeudamiento siguen pesando sobre los gobiernos. En este contexto, el nuevo año se presenta como un enigma para Europa, con nuevas y viejas tendencias que marcarán el crecimiento.
“Este sigue siendo un momento crucial para la economía mundial, en el que muchas certezas de los últimos 40 años o más parecen estar en constante cambio. La posible convergencia del crecimiento económico y la divergencia de las políticas entre Estados Unidos y Europa ofrecen algunas oportunidades potencialmente interesantes”, explica Álvaro Peró, director de inversiones de renta fija de Capital Group. Así, desde la gestora resaltan que el mundo está atravesando un “notable cambio estructural”, definido por la intensificación de los conflictos geopolíticos, las barreras comerciales y una mayor fragmentación en el panorama mundial.
“El telón de fondo sigue siendo un mundo más fragmentado: más aranceles, más trabas comerciales y un comercio mundial menos dinámico, que pesa sobre economías abiertas como Alemania. Al mismo tiempo, 2026 se perfila como un año de saturación de oferta en energía, con sobreoferta de petróleo y gas que abarata la energía en Europa, pero con riesgo de volatilidad si se cruzan shocks geopolíticos. Todo ello se combina con la vuelta de la disciplina fiscal tras los grandes estímulos de pandemia y crisis energética, y con fuerzas estructurales que limitan el potencial de crecimiento, como son un envejecimiento demográfico, escasez de mano de obra en sectores clave y una productividad que solo despega donde se adopta de verdad la inteligencia artificial y la automatización”, evalúa Antonio Castelo, analista de iBroker.
Riesgos estructurales
El endeudamiento es uno de los principales factores que moldearán 2026, tanto en la Unión Europea como en el resto del planeta. Las fuentes consultadas concuerdan en que los niveles de deuda global, tanto pública como privada, han alcanzado máximos históricos en muchos mercados desarrollados.
“A pesar de unas perspectivas cíclicas razonablemente alentadoras para el año que viene, las decisiones políticas que se tomaron durante la pandemia y antes de esta proyectan sombras a medio plazo. Las preocupaciones por la deuda pública no dan visos de desaparecer”, explica Raphael Olszyna-Marzys, economista internacional de J. Safra Sarasin Sustainable AM (JSS).
Así, algunos expertos calculan que la creciente presión se traducirá en un incremento de la inflación o del coste de financiación para los países, reflejado en las rentabilidades de los bonos soberanos. “Los principales bancos centrales están relajando o preparándose para recortar los tipos, a pesar de que los riesgos de inflación no han desaparecido. Desde Estados Unidos hasta la eurozona y Japón, los responsables políticos están combinando recortes de tipos con una política fiscal expansiva”, afirma Giordano Lombardo, director ejecutivo y codirector de inversiones de Plenisfer Investments.
A este respecto, los expertos coinciden en que las presiones estructurales se traducirán de forma distinta en las principales economías europeas. “Francia sigue siendo frágil en términos presupuestarios y políticos, pero el riesgo de crisis continúa siendo moderado. El sur de Europa sigue disfrutando de un momentum positivo, impulsado por el plan NextGen de la UE y la renovada competitividad de estos países. Sin embargo, es Alemania la que está llevando a cabo el cambio más significativo en su postura, lo que probablemente afectará a todo el continente: un plan de recuperación cuyos efectos se dejarán sentir en 2026, el deseo de Friedrich Merz de poner en marcha la unión de mercados de capitales y el apoyo a las medidas proteccionistas europeas contra el dumping del acero chino. Se trata de una verdadera ruptura con el pasado, destinada a impulsar tanto la oferta como la demanda en Europa”, alertan los expertos de Edmond de Rothschild Asset Management (EdRAM).
Más allá del impacto económico, estos problemas estructurales también pueden tener consecuencias en la política local. “El sufrimiento económico necesario podría suponer un reajuste de la política interna, y los partidos en los extremos del espectro político podrían ganar más terreno, lo cual ya se refleja en las encuestas en Francia, Gran Bretaña e incluso Alemania. Pero esto puede agravar el sufrimiento. De las investigaciones se desprende que los países con gobiernos populistas tienden a crecer a un ritmo mucho más lento con el paso del tiempo”, señala Raphael Olszyna-Marzys.
Infraestructura
Otro aspecto que determinará 2026 es la tecnología. En particular, resalta el papel que jugará la inteligencia artificial (IA), dada su capacidad para transformar el mercado laboral e impulsar la productividad en un contexto de población envejecida y controversias políticas sobre la inmigración. “Se espera que la actual ola de inversión física impulsada por la IA sea una fuerza poderosa, que recuerde a periodos anteriores de gran expansión de capital, como el desarrollo de los ferrocarriles a mediados del siglo XIX y el auge de la información y las telecomunicaciones a finales de la década de 1990”, apuntan desde Vanguard.
En esta coyuntura, Europa está apostando por convertirse en un gran competidor global, planteándose la meta de movilizar 200.000 millones hacia esta tecnología. No obstante, la posibilidad de que exista una burbuja en el sector supone también un posible riesgo.
“Hay numerosas similitudes entre el actual auge de las acciones relacionadas con la IA y la crisis de las puntocom: el papel central del momentum, valoraciones extremas, una fuerte participación de los inversores minoristas y megaacuerdos circulares entre OpenAI, Nvidia y Oracle. La cuestión clave es si los actores estadounidenses serán capaces de monetizar estas inversiones, dado que la competencia entre los hiperescaladores estadounidenses y chinos es cada vez más intensa y que los retornos de la inversión siguen teniendo dificultades para materializarse”, alertan los analistas de EdRAM.
Como respuesta a esta incertidumbre, los expertos concuerdan en que tanto los gobiernos como los inversores europeos y globales apostarán por el lado físico y material del que depende la industria de la IA. “Las infraestructuras siguen siendo una estrategia muy atractiva, debido a las necesidades globales en materia de inteligencia artificial, defensa y energía. Cada vez se necesita más capital privado para cubrir el déficit de financiación, ya que los balances públicos se enfrentan a restricciones”, dicen los analistas de Aberdeen.
Por su lado, los especialistas de Vontobel ponderan que el mayor potencial se halla en el origen de la cadena de suministros, un sector del Europa es extremadamente dependiente. “En lugar de intentar identificar qué diseñador de chips de I A será el ganador, nos centramos en los picos y palas imprescindibles que abastecen a toda la industria. TSMC encaja en este perfil, ya que es fundamental para la funcionalidad y el escalado de los sistemas de IA, opera con altas barreras de entrada y mantiene fuentes de ingresos diversificadas que mitigan el riesgo de una desaceleración en el gasto en IA”, afirman en Vontobel.
Giordano Lombardo también se alinea con esta visión, pero presta atención a la demanda eléctrica. “A diferencia de la revolución de internet basada en plataformas de la década de los años 2000, la ola actual de IA requiere cientos de miles de millones en infraestructura física: chips, centros de datos y un enorme consumo de energía. Esto tiene consecuencias. La IA tiene enormes implicaciones para el consumo de energía. A medida que se intensifica la competencia en el ámbito de la IA, el acceso a electricidad de bajo coste se convertirá en un nuevo eje de ventaja geopolítica. Esa es una dimensión que el mercado está subestimando”, subraya Lombardo.
Como dato, para que la UE pueda cumplir con sus objetivos de competitividad y soberanía tecnológica frente a EE UU y China, diversos estudios e informes oficiales (incluyendo el impacto del informe Draghi) estiman una necesidad de inversión masiva. Se calcula que unos 800.000 millones anuales hasta 2030 son precisos para cerrar la brecha general de competitividad, donde la infraestructura digital y la IA son pilares críticos. Asimismo, el déficit de adopción en el sector público se sitúa en torno a los 10.000 millones solo para alcanzar los niveles óptimos de integración de IA en servicios públicos europeos.
Geopolítica
Las fuentes consultadas también están de acuerdo en que la política internacional se perfila una vez más como un componente crucial que impactará sobre la economía global. Por ejemplo, desde la agencia calificadora anticipan que esa variable también afectará a los perfiles crediticios soberanos, especialmente en Europa. “Esto tiene en cuenta las incertidumbres derivadas de la volatilidad de la política comercial y exterior de EE UU, pero también el dominio de China sobre materias primas clave para las cadenas de suministro mundiales, así como el impacto de su creciente competitividad en las exportaciones de bienes de alto valor”, dicen los analistas de Scope.
En esta coyuntura, los controles de exportación, las sanciones tecnológicas y la competencia por minerales críticos se integran permanentemente en el sistema económico global. “La fragmentación produce bloques económicos con reglas propias. Desde una perspectiva divulgativa, es como si el comercio global se dividiera en ligas con normas distintas. Para inversores, esto implica mayor volatilidad geopolítica, pero también primas de riesgo más reconocibles y oportunidades en economías favorecidas por realineamientos estratégicos”, comentan desde Julius Baer.
Estos factores también podrían traducirse en cambios en las fuentes de crecimiento económico. Por ejemplo, la guerra comercial y los aranceles pueden ocasionar un mayor peso de la demanda interna en Europa, Japón y China. “El mundo se aleja de una hegemonía unipolar hacia un equilibrio multipolar, donde potencias como EE UU, China, India y el bloque euroasiático disputan influencia económica, tecnológica y financiera. Esta transición implica fricciones sostenidas, divergencias regulatorias y realineamientos diplomáticos. Explicativamente, significa que ya no existe un árbitro único del orden económico global y que las regiones compiten por establecer su propia arquitectura financiera y tecnológica”, opinan en Julius Baer.
Respecto a esto, Chris Iggo, director de inversiones de Axa IM, adelanta que la desescalada de la guerra comercial y la posible resolución de los conflictos en Ucrania y Oriente Próximo podrían favorecer a Europa. “A nivel global, un acuerdo pacífico para la guerra de Ucrania sería positivo. Además, parece que la Administración estadounidense no tiene apetito por intensificar las tensiones comerciales. Esto no responde a un giro altruista en las relaciones internacionales ni a pruebas de que los aranceles estén mejorando el saldo comercial de EE UU, sino a las elecciones de mitad de mandato”, asevera Chris Iggo.