Mercados en un orden internacional frágil
La geopolítica deja de ser un riesgo de cola y pasa a convertirse en una variable estructural del ciclo económico

Los dos primeros meses de 2026 han dejado una señal clara para los mercados: la geopolítica vuelve a marcar el rumbo de la economía. El aumento de la actividad militar de Estados Unidos en distintas regiones del mundo, junto con la creciente tensión entre potencias, refleja que el sistema internacional se encuentra en una fase de mayor fragmentación e incertidumbre.
En enero asistimos al despliegue de la flota estadounidense en el mar Caribe. Esta operación culminó con el secuestro de Nicolás Maduro y con Estados Unidos tomando el control de gran parte de la industria petrolera venezolana. Así se aseguró el suministro de crudo del país con las mayores reservas del mundo. Poco después se produjo la tensión diplomática con la Unión Europea por el control de Groenlandia. Más recientemente, el ataque conjunto de Israel y Estados Unidos contra Irán ha desencadenado un nuevo foco de inestabilidad internacional, con un impacto inmediato en los mercados tras el cierre del estrecho de Ormuz y el consiguiente repunte del precio del petróleo y del gas.
Vistos en conjunto, estos acontecimientos apuntan a un cambio de época. El sistema internacional ya no responde a un orden estable y predecible, sino a un equilibrio cada vez más frágil. En este contexto, la geopolítica deja de ser un riesgo de cola y pasa a convertirse en una variable estructural del ciclo económico que los inversores deben incorporar a su análisis.
La intervención estadounidense en Oriente Medio debe entenderse en un contexto histórico más amplio. La tensión entre Estados Unidos, Israel e Irán se remonta a la revolución iraní de 1979, que derrocó la monarquía prooccidental del Sha Reza Pahleví e instauró el régimen teocrático chií. Desde entonces, el régimen iraní ha mantenido una posición abiertamente hostil hacia Estados Unidos e Israel, apoyando a distintos actores regionales como Hezbolá en Líbano, milicias chiíes en Irak o los hutíes en Yemen. Este entramado de alianzas ha sido interpretado por Israel como una amenaza directa a su seguridad y explica su interés en debilitar al régimen iraní. A ello se suma la preocupación internacional por el desarrollo del programa nuclear y de misiles balísticos de Teherán.
El discurso político estadounidense también ha ido evolucionando. A comienzos de año se planteaba una intervención militar por la represión del régimen iraní contra su propia población, pero el foco terminó desplazándose hacia su programa nuclear y de misiles balísticos. A ello se sumó la presión del Gobierno israelí, encabezado por Benjamín Netanyahu. El fracaso de las negociaciones en Ginebra terminó precipitando el ataque del 28 de febrero.
En su primera declaración pública tras la operación, que dejó más de 500 muertos, Donald Trump puso como ejemplo la reciente intervención en Venezuela para sugerir que el conflicto podría resolverse rápidamente, en un plazo de cuatro o cinco semanas, tras la eventual eliminación del ayatolá Alí Jamenei. Ahora bien, ¿puede resolverse realmente en ese plazo? Desde el punto de vista militar es posible: la asimetría entre la capacidad bélica de Estados Unidos e Irán es evidente. Sin embargo, una victoria militar rápida no implica necesariamente la resolución del conflicto. La experiencia de más de cuatro décadas de tensión muestra que los conflictos en la región rara vez terminan con el final de las operaciones militares convencionales. El enfrentamiento con el ejército iraní podría dar paso a una fase de insurgencia prolongada, mucho más difícil de contener.
Para los mercados, la variable clave no es la intensidad del conflicto, sino su duración y, el tiempo durante el cual el estrecho de Ormuz permanezca cerrado. Tras el ataque, la reacción de los mercados fue inmediata: el barril de Brent superó los 80 dólares, la volatilidad repuntó hasta los 30 puntos y la mayoría de las bolsas registraron correcciones.
Al mismo tiempo, las expectativas de inflación ante la subida del precio del petróleo se reflejaban en la parte larga de la curva de tipos, con el rendimiento del bono estadounidense a 10 y 20 años subiendo hasta situarse en niveles de 4,12% y 4,70%, respectivamente, además de una fuerte apreciación del dólar. Dentro de los activos que ayudaron a frenar las caídas, podemos destacar las compañías energéticas, el propio dólar estadounidense y el franco suizo.
Desde el punto de vista geográfico, los mercados más afectados fueron el europeo y el asiático debido a su elevada dependencia energética. Aunque la Unión Europea importa buena parte del petróleo desde otras regiones, como Noruega y Estados Unidos (30%), China es uno de los principales compradores del crudo que transita por el estrecho de Ormuz. De hecho, se estima que el 25% del petróleo que pasa por este corredor marítimo tiene como destino el gigante asiático. Por lo tanto, si el cierre se prolonga y China se ve obligada a buscar suministros alternativos en otros mercados, el aumento de la demanda energética podría trasladar tensiones adicionales a los precios internacionales, afectando también a Europa.
Desde una perspectiva geopolítica más amplia, la estrategia estadounidense parece orientada a asegurar el control de recursos naturales estratégicos y, al mismo tiempo, limitar el alcance de potencias rivales como China y Rusia. Sin embargo, la magnitud de estas intervenciones y el uso recurrente de la fuerza están deteriorando las relaciones de Estados Unidos con muchas democracias del mundo y generando un creciente debate dentro del propio país.
Para los inversores, la principal conclusión es que el riesgo geopolítico debe incorporarse de forma estructural al análisis de mercados. La posibilidad de que el conflicto se prolongue más allá de lo inicialmente previsto podría presionar al alza el precio de la energía y reavivar las tensiones inflacionistas a escala global.
En un sistema internacional cada vez más fragmentado, donde el equilibrio de poder es más frágil y el derecho internacional pierde capacidad de arbitraje, la geopolítica deja de ser un evento excepcional. Se convierte, cada vez más, en uno de los factores que condicionan la evolución de la economía y de los mercados.
Mikel Ochagavia es director de inversiones de Acacia Inversión.