El Tesoro se olvida del ruido arancelario y da mandato a la banca para la venta de un bono a 30 años
La última emisión a este plazo fue en febrero de 2024 cuando captó 6.000 millones


Con los inversores pendientes de la ofensiva arancelaria de EE UU tras el fallo de la Corte Suprema que declaró ilegales los aranceles recíprocos, el mercado contiene el aliento. Sin embargo, la incertidumbre no está pasando factura ni a la Bolsa española ni a la deuda soberana. En este contexto de estabilidad relativa y una vez completadas las operaciones previstas en el calendario ordinario, el Tesoro ha dado mandato a la banca para colocar deuda a 30 años en su segunda emisión sindicada de 2026. La operación se completará, previsiblemente, mañana.
A diferencia de las subastas tradicionales, las sindicaciones se realizan fuera del calendario oficial y se apoyan en un grupo de bancos colocadores que distribuyen directamente los títulos entre grandes inversores institucionales. En las operaciones de febrero el Tesoro suele optar por referencias a 15 o 30 años. BNP Paribas, Citi, Crédit Agricole, Deutsche Bank y Goldman Sachs han sido fichados por el Tesoro para llevar a buen puerto la emisión.
Hace justo un año, el organismo que dirige Paula Conthe captó 7.000 millones de euros en una sindicación a 15 años. En febrero de 2024 fue el turno del bono a 30 años: entonces se colocaron 6.000 millones con una demanda que superó los 83.700 millones, una señal inequívoca de la confianza inversora en las perspectivas de la economía española.
Ese optimismo se mantiene. Los principales organismos nacionales e internacionales han revisado al alza sus previsiones y sitúan a España a la cabeza de la zona euro. El Fondo Monetario Internacional prevé que el PIB crezca un 2,3% en 2026, frente al 1,4% estimado para el conjunto de la región. Este diferencial de crecimiento continúa actuando como ancla para la deuda española, tanto en el mercado primario como en el secundario.
Tras la demanda récord de 144.900 millones registrada en la emisión sindicada de enero, la prima de riesgo ha seguido estrechándose hasta el entorno de los 41 puntos básicos. A comienzos de año llegó a caer hasta los 36 puntos, mínimos desde 2008. En episodios de tensión —como el vivido en las últimas horas— lo habitual es que los inversores reduzcan exposición a activos de riesgo, lo que suele traducirse en ampliaciones de diferenciales. Pero el escenario actual dista mucho del vivido durante la crisis de deuda de la zona euro.
De hecho, los bonos de países como España e Italia, que durante años cargaron con la etiqueta de periféricos, han ido desprendiéndose de ese estigma y hoy son percibidos por parte del mercado como una alternativa incluso más atractiva que la deuda de emisores tradicionalmente considerados seguros, como Francia, cuyo deterioro fiscal ha erosionado su posición relativa.
La mejora de la percepción de riesgo no es casual. La resiliencia de la economía española y su crecimiento por encima de la media europea se tradujeron el pasado año en una mejora de la calificación crediticia. En septiembre, S&P Global Ratings, Moody’s y Fitch devolvieron a España el nivel mínimo de A perdido en 2012, reforzando su perfil crediticio en un momento en que la estabilidad política y la credibilidad fiscal vuelven a ser bienes escasos en los mercados internacionales.
Junto a la mejora cíclica de la economía, el atractivo de la deuda española se ha visto reforzado por un proceso más amplio de diversificación de carteras. La imprevisibilidad de la Casa Blanca en política económica y los ataques reiterados a la independencia de la Reserva Federal han acelerado el reequilibrio de posiciones globales. A diferencia de crisis anteriores, en las que el dólar y la deuda estadounidense actuaban como refugio automático, parte de los flujos se están redirigiendo ahora hacia la zona euro, y especialmente hacia el sur del bloque, donde el diferencial de crecimiento es mayor.
Los gestores internacionales han reducido progresivamente su exposición al dólar y han aumentado posiciones en euros. A ello contribuyen no solo unas perspectivas macroeconómicas relativamente más favorables y una mayor visibilidad sobre la trayectoria de tipos del BCE, sino también el refuerzo del papel internacional del euro. Las líneas de liquidez del BCE para otros bancos centrales y las iniciativas del Eurogrupo para impulsar la autonomía estratégica europea están consolidando este trasvase de flujos hacia el Viejo Continente.