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Escrito en el agua
Opinión

¿Pondrá EE UU de rodillas a Europa otra vez con la guerra de Trump?

El Viejo Continente está mejor preparado para combatir una crisis energética inducida por tercera vez en 50 años

Soldados israelís durante la guerra de Yom Kippur, en Suez.David RUBINGER (Corbis via Getty Images)

El pensador ruso Alexander Herzen, padre del socialismo eslavo, dejó dicho ya mediado el siglo XIX (murió en 1870) que los dos países que sustituirían a Europa en el dominio del mundo con el caminar de los años serían los EE UU de América y Rusia por la fuerza natural que proporciona el tamaño y la ubicación geográfica; y solo ahora podríamos enmendarle la plana con la edad adulta de la China comunista. Y sí: EEUU y Rusia relevaron al Viejo Continente en el control del globo, y lo sometieron a una inexcusable dependencia social, económica, militar y hasta cultural con guerras calientes, frías y templadas en el orden creado tras la Guerra Mundial. La última vez arranca ahora, con el renacido conflicto bélico de Oriente Medio, cuando apenas ha sido capaz de levantarse de las severas consecuencias del de Ucrania.

Esta vez es diferente a las anteriores por el hecho de que el cerebro gris de la operación desde Washington lo proclama abiertamente con su incontinencia verbal genética, y en parte porque lo hace en connivencia descarada con el polo opuesto de Moscú. Donald Trump habla de la supuesta decrepitud de Europa, del inminente fin de su civilización, con la desenvoltura de un indocumentado adivino, como si ello dependiera de su voluble voluntad, como si fuera tan fácil sustituir los valores e ideales que el Viejo Continente sembró en el Nuevo para hacer de él lo que es y representa hoy.

Que Trump tenga razón en que Europa ha vivido de prestado en materia de seguridad desde la segunda parte de la Guerra Mundial (comparto la idea de Tony Judt en su monumental Postguerra de que sólo hubo una guerra mundial con dos partes separadas por un receso de veinte años), en que el modelo económico americano ha abierto una brecha de ventaja tecnológica sobre el europeo, no es justificación para volcar buena parte de sus esfuerzos políticos en poner de rodillas a Europa, y menos hacerlo guiñándole el ojo al autócrata postsoviético.

Pese a rescatar a Europa dos veces en el siglo XX, y pese a ver con buenos ojos la unidad de las viejas democracias continentales para esquivar la enfermedad crónica de las guerras como continuación de las políticas, desde Norteamérica no se ha disimulado el recelo de políticos, medios de comunicación y grandes empresas hacia el proyecto de unión europea que culminó con la creación de una moneda común que podía ensombrecer la hegemonía del patrón dólar. Pero de ahí a la doctrina de Trump, va un mundo.

El conflicto nunca acabado árabe-israelí, en carne viva con la intervención directa ahora en Irán, tendrá unas consecuencias que pondrán a Europa de rodillas económicamente, como ya lo hiciera EEUU con el Viejo Continente con la Guerra del Yom Kippur y la primera gran crisis energética en los años setenta del siglo pasado. Europa tendrá ahora más herramientas para encajar la embestida de la energía y la inflación, porque tiene menos dependencia manufacturera y porque tiene instituciones poderosas con no menos poderosas armas presupuestarias en sus manos. Pero el coste no será pequeño con todas y cada una de las averías que genera el círculo vicioso de la inflación, entre otras cuestiones porque están las economías todavía convalecientes del latigazo que supuso la otra guerra que sigue viva y que también llevó a Europa a una posición genuflexa en materia energética hace cuatro años.

El conflicto del Kippur, en octubre de 1973, en el que Egipto y Siria atacaron territorio controlado por Israel, que replicó con la asistencia militar de EEUU, desató la mayor crisis energética conocida hasta entonces. Los países árabes adversarios de Israel, los mayores productores del oro negro del mundo, redujeron drásticamente la producción y embargaron las ventas a EEUU y a algunos de sus aliados en el conflicto (Holanda, Portugal y Sudáfrica), hurtó a las siete hermanas (las grandes petroleras globales) el control y estabilización de producción, comercialización y costes, y multiplicó por cuatro el precio del crudo. Europa, con gran dependencia energética del petróleo para mantener su tren de vida, registró una intensa oleada inflacionista, una fuerte contracción de sus economías, y un ajuste desconocido en su producción industrial.

Con una CEE a medio cocer, los países iniciaron un sálvese quien pueda, y los más dependientes del crudo y más indigentes económicamente, como España o Italia, encajaron los golpes más duros. EEUU inició un intenso plan de producción nacional que lo llevó a la suficiencia energética y dejó a Europa a su suerte, cuando trataba de sacudirse también los efectos del terremoto de la libertad cambiaria promovida por la Administración Nixon-Kissinger en 1971 (fin de los acuerdos de Bretton Wood que establecieron el patrón oro y tipos de cambio fijos), que provocó una fuerte devaluación del dólar y una dificultad añadida para la exportación europea.

España, que se desenvolvía aún como una economía emergente, superó el 5% de inflación ya en 1970; pero sobrepasó el 10% en 1973, y se mantuvo con un doble dígito hasta 1985, nada menos que doce años. En ese trecho temporal estuvo siete años por encima del 15% de inflación, y tocó el infierno con un 28% en octubre de 1977. Racionamiento energético, subvención pública al consumo, estampida del coste salarial con revisiones cada seis meses y doce años de recesión con desmoronamiento de la parte del león de la industria. De rodillas y sin rodilleras, vaya.

Ahora, para España y para Europa, será diferente porque están mejor pertrechados; pero el golpe también deberán encajarlo. Las heridas de la Guerra de Ucrania han sido profundas, más cuanto más cerca están de la frontera ucraniana y más dependencia del gas y crudo ruso tienen las economías; pero empiezan a cicatrizar, aunque el coste agregado se prolongará en el tiempo por la necesidad de reforzar los esquemas de seguridad ante la amenaza siempre latente del expansionismo ruso.

Pero este mismo mes, esta misma semana, con la guerra de Irán abierta y sin fecha de cierre, los precios energéticos pegarán una nueva dentellada en el poder de compra de los ciudadanos, y más pronto que tarde generarán una escalada en los costes de producción que llegarán a los precios finales de bienes y servicios. Y volverán las subidas de tipos de interés; y volverán las oscuras pérdidas de ventas; y las más oscuras reducciones de plantillas.

Eso sí: Europa tiene más herramientas para capear el temporal y acortar los plazos con una poderosa autoridad monetaria, con la asistencia fiscal indisimulada de la emisión de eurobonos, y con una dependencia más comedida de la energía de los países de Oriente Medio. De hecho, la apuesta vehemente y casi en exclusiva por las energías alternativas, con un liderazgo destacado de España más por conveniencia ideológica que práctica, puede neutralizar en parte el daño del conflicto sobre la economía. Tiene, en definitiva, más palancas para zafarse de la influencia, favorable una y perniciosa otra, de los dos gigantes a los que Alexander Herzen les adjudicó, con lúcido vaticinio, el dominio del mundo hace casi dos siglos.

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