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Editorial
Opinión

El alcance de las bombas en la economía real

Los analistas olvidan que hay otra parte en el combate y que, cuando se inicia una guerra, el futuro es impredecible

Un coche pasaba este martes ante un panel con los precios de los combustibles de una estación de servicio en Ourense.Brais Lorenzo (EFE)

Dice el refrán angloparlante “put your money where your mouth is”, una forma de decir que una cosa es predicar y otra dar trigo. Una vez iniciada la guerra de Irán, la Casa Blanca ha generado una oferta informativa tan excesiva como confusa y, a menudo, contradictoria. Pero los hechos son tozudos: los petroleros no se atreven a circular cerca de la costa de Irán porque ninguna aseguradora cubre ese riesgo. Teherán tiene capacidad y voluntad para paralizar el mercado energético mundial, pues por esas costas transitan 20 millones de barriles de petróleo diarios, además de gas natural, hidrocarburos refinados o fertilizantes varados en almacenes o, directamente, que se quedan sin producir. Y este hecho es el que, más allá de expectativas, declaraciones altisonantes, argumentos geopolíticos o análisis de la banca de inversión, van a notar los ciudadanos.

Los mercados parecen atrapados en un extraño juego de apuestas cruzadas en el que, a golpe de titulares, cotiza tanto el riesgo de perderse un rebote como el derivado de un escenario de fondo real y preocupante. En este sentido, los operadores han echado el freno sobre las alzas del precio del barril de petróleo, confiados quizá más en los fuertes incentivos de Donald Trump para poner fin a la escalada de precios que en sus palabras. El surtidor de combustibles refleja ya esta nueva realidad. Y paulatinamente se trasladará a otros ámbitos económicos como el gas, la electricidad o los alimentos, además del tipo de interés de la hipoteca.

No es la situación comparable a la crisis derivada de la guerra de Ucrania, de momento, porque el conflicto no tiene todavía ni dos semanas de vigencia. Pero ya tiene, y va a tener, un impacto en la economía de familias y empresas que, a medida que la guerra se prolongue, será mayor. Gobiernos e instituciones económicas parecen con todas las luces de alarma puestas, y de ahí los planes para liberar reservas estratégicas de petróleo o aprobar medidas que mitiguen el impacto.

Son, en todo caso, simples parches para tapar una vía de agua descomunal con un enorme potencial destructivo, generada por una decisión de la Casa Blanca cuyo objetivo o plan de acción es una incógnita. Paradójicamente, estos dos hechos (un gran precio para un fin incierto) inducen a los analistas a pensar que habrá una desescalada en el conflicto. Pero este razonamiento olvida que hay otra parte en el combate y que, cuando se inicia una guerra, en particular en Oriente Próximo, el futuro es impredecible.

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