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La selección del director
Opinión

¿Preparados para la quinta crisis económica del siglo XXI?

El mercado se agarra a los escenarios más optimistas sobre la guerra en Irán, pero el impacto ya alcanza el bolsillo de los ciudadanos. Y resuenan ecos de desdichas pasadas

Uno de los petroleros atacados esta semana por de Irán en aguas territoriales de Irak en el golfo Pérsico. Mohammed Aty (REUTERS)

Algunos iluminados proclamaban a finales del siglo XX que la economía iba a crecer de forma sostenida e indefinida, sin altibajos, gracias a los aumentos de la productividad derivados de la revolución tecnológica en marcha que había traído internet a nuestros hogares. Era el fin de los ciclos económicos, decían pensadores relevantes, en línea con el fin de la historia que sentenció Fukuyama tras la caída del Muro de Berlín. El pronóstico de una economía a salvo de crisis se demostró ilusorio bien pronto. El año 2000 vivió un batacazo de los valores tecnológicos, la llamada crisis puntocom: el Nasdaq inició en marzo un desplome que se prolongó dos años y destruyó un 78% de su valor. En esos dos años ocurrieron los atentados del 11-S y se confirmó que EE UU había entrado en recesión entre marzo y noviembre de 2001. Empezó la “guerra contra el terror” de George Bush y nunca acabó, se formó el trío de las Azores para atacar Irak, el terrorismo islamista golpeó a Europa. Hay extraños paralelismos con el hoy, cuando coinciden el temor a la sobrevaloración de los valores tecnológicos y un incendio catastrófico en Oriente Próximo. Hasta vuelve a sonar el “no a la guerra”.

Al funesto 2001 siguieron años de tipos de interés muy bajos en EE UU, que hincharon la burbuja inmobiliaria allí como en la España que estrenaba el euro. Todo eso empezó a pincharse en 2007 y reventó con estrépito en 2008, con la quiebra de Lehman Brothers. Era el inicio de la Gran Recesión, la segunda y la más profunda del siglo que, decían, no iba a conocer las recesiones. Se escuchaba entonces en España, donde gobernaba Rodríguez Zapatero, que el problema en EE UU no iba a afectarnos, pero el viejo continente y los países sureños en particular resultaron azotados sin piedad a partir de 2010. Vino la crisis del euro, salvada por el “lo que sea necesario” de Mario Draghi, y el rescate a la banca en España, que seguimos pagando y pagarán nuestros descendientes.

‌Aunque la economía había vuelto a crecer, las heridas de la crisis todavía dolían en 2020 cuando apareció otro cisne negro de enorme dimensión: la pandemia de la covid. El Gran Confinamiento provocó otra recesión, agudísima aunque breve: el PIB español cayó en 2020 más del 10%, la tasa más abrupta desde la Guerra Civil. Gracias a las vacunas (aunque le duela al Robert Kennedy de ahora) y a la menor letalidad del virus, y a que hubo manga ancha con el gasto público y la UE puso en marcha los planes de recuperación, la mejoría fue más rápida de lo esperado en todo el mundo. Pero igual que no estábamos preparados para una pandemia, tampoco lo estábamos para dejarla atrás: la reapertura provocó el Atasco Global, que bloqueó las cadenas de suministros y dio un empujón a la inflación. En eso andábamos en 2022 cuando Rusia invadió Ucrania, los precios energéticos se dispararon y tras ellos los de los alimentos. Así que la cuarta crisis casi se solapaba con la tercera, porque apenas nos habíamos quitado las mascarillas. La agresión a Ucrania no llegó a provocar una recesión técnica (no hubo retroceso del PIB en EE UU, Europa ni España), pero la crisis de precios impactó seriamente en el poder adquisitivo de los trabajadores. La historia vuelve a rimar: eso mismo puede ocurrir ahora, o está ocurriendo ya.

Será por esta sucesión de desdichas económicas que los mercados se han acostumbrado a las emociones fuertes y están encajando con cierta entereza el caos geopolítico. La guerra de EE UU e Israel contra Irán, parte de un conflicto regional que se extiende a muchos más países, es la quinta sacudida a la economía en un cuarto de siglo. No hay ninguna claridad sobre a dónde nos va a llevar esta insensata aventura, pero cada foto de un buque en llamas en el estrecho de Ormuz tensiona el mercado, ya tenemos al petróleo rondando los 100 dólares y el diésel se acerca o supera los dos euros en algunas gasolineras españolas. Es sabido que las alzas de precios en la energía se trasladan rápidamente a todo tipo de productos. Los alimentos están, además, bajo presión por la escalada de los fertilizantes que también viajan por esas aguas. Es pronto para afirmar si esto nos va a llevar a una recesión, larga o corta, pero que ya está golpeando los bolsillos de la población mundial es indiscutible. También de los estadounidenses que irán a las urnas en las legislativas de noviembre, por cierto.‌

Sin embargo, los inversores han querido estos días agarrarse a la versión más optimista posible, animados por las palabras de Donald Trump del lunes de que el conflicto está “prácticamente terminado”. Ese mensaje precipitó la recuperación de las Bolsas, que estaban desplomadas ese día y repuntaron con brío, e hizo caer en picado el precio del petróleo de los casi 120 dólares por barril a la zona de los 90, todavía caro. Una reacción de alivio quizás excesiva, como se probó en las sesiones siguientes: el discurso del presidente de EE UU es diferente cada vez que habla, o contiene contradicciones en una misma charla; también había dicho que solo acepta una rendición incondicional del régimen iraní. George Hay, analista de Breakingviews, escribió aquí: “Existe el riesgo de que los inversores estén confundiendo los escenarios base con los escenarios más optimistas”.

Hay muchos escenarios y ninguno bueno. Uno es que Trump, presionado por los mercados y la escalada del petróleo, y por el temor a pagar la inflación en las midterms, decida bien pronto dar por cumplidos sus objetivos (a lo que ayuda que nunca fue claro sobre cuáles eran). De esta forma cesaría la ofensiva sin haber desalojado del poder al régimen encabezado ahora por Mojtaba Jameneí, hijo del líder supremo muerto en un ataque. En este supuesto, Irán habrá quedado debilitado en su poderío militar, pero no perdería un ápice de su capacidad de represión interna ni su influencia en otros actores regionales. Y nada garantiza que se normalice el tráfico de barcos en el estrecho de Ormuz. Lo peor para Trump es que, si Washington cesa los ataques a cambio de nada, los ayatolás proclamarán su victoria. Las escenas de júbilo en las calles de Teherán, para las que movilizarán a los fieles a la dictadura, darán la vuelta al mundo y serán dolorosas para el inquilino de la Casa Blanca (perdón: de Mar-A-Lago), que odia ser visto como un perdedor.

Existen otras opciones, no todas mejores. Si el régimen iraní se desmorona, el país puede entrar en una guerra civil, y Libia es el penúltimo ejemplo de qué pasa cuando hay vacíos de poder. El escenario más remoto de todos, impensable pero el único deseable. Es una transición democrática en aquel país. Y no puede descartarse un conflicto largo, enquistado durante meses, en el que el régimen iraní aguante en pie por muchos golpes que reciba. Si además sigue bloqueando Ormuz, eso llevaría el precio del petróleo a las nubes y, en pocos meses, a las grandes economías del planeta a la recesión. Se supone que, en ese caso, Estados Unidos y algunos de sus aliados se emplearían a fondo en liberar el tráfico marítimo, lo que de lograrse amortiguaría el impacto. Pero no hay escolta posible para tanto buque y tanto dron.

Una pregunta pertinente es si el mundo está mejor preparado para un shock petrolero que en los años setenta: solo un poco. Somos menos dependientes del crudo, pero no hemos dejado de serlo. Entre otros motivos, porque desde la guerra en Ucrania decayó el brío de la transición verde, y porque la Casa Blanca ha proclamado la restauración del reinado de los combustibles fósiles bajo el lema “Drill, baby, drill” (perfora, nene/a, perfora).

Nuestra única esperanza, entonces, es el dicho de que Trump “siempre se acobarda” (Trump always chickens out, TACO) cuando las Bolsas, el bono o el dólar lo ablandan a golpes. Por eso revisó los aranceles o cesó el acoso a Groenlandia. Ahora debe estar sopesando cuándo puede ordenar el cese de los ataques sin haber ganado ninguna guerra ni haber avanzado un milímetro en arreglar la región más conflictiva del mundo. No sería el fin de los problemas: resultaría un alivio que dejaría de agravarlos.

Este artículo forma parte de la newsletter semanal La selección del director de Cinco Días, con el análisis de Ricardo de Querol y enlaces a las mejores historias económicas de la semana. Suscríbase aquí.

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