¿Peor que la covid? La inteligencia artificial amenaza su empleo de cuello blanco
Se extiende el temor a una hecatombe laboral, todavía incierta, mientras el mercado trata de identificar a los sectores perdedores de la revolución


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En el año 2019 entrevisté a Nicholas Negroponte, un nombre legendario entre los primeros pensadores de la era de internet, cofundador del MIT y autor del influyente ensayo El mundo digital en 1995. Le pregunté si la robotización y la inteligencia artificial (por entonces nadie de a pie había usado esta última) acabarían con tantos empleos como calculaban ciertos informes: millones de puestos en peligro, decían. La respuesta del gurú fue sorprendente: sí, pero los que se pierdan no serán los que cabría esperar. “Es más fácil automatizar la mayoría de actividades intelectuales que, por ejemplo, la mayoría de empleos en servicios como preparar comida rápida. Probablemente será más fácil tener un robot abogado o contable. El desplazamiento del empleo no estará basado en las capacidades intelectuales”.
Lo que anunciaba Negroponte hace más de seis años conecta con la actualidad porque se percibe cierto miedo, en algún caso pánico, por el impacto en el mercado laboral de la implantación de la IA. Hemos escuchado a muchos conferenciantes y consultores dando distintas versiones de esta frase manida: “No te va a sustituir una IA, sino una persona que sepa manejarla”. Pero hay señales de que la IA puede reemplazar a los dos, también al que sabe manejarla. Como decía Negroponte, los empleos más expuestos no son los de empaquetar hamburguesas, ni los riders de las plataformas de reparto a domicilio, porque para las empresas todavía es más barato un empleado precario con el salario mínimo que entrenar para ello a los caros robots. Los amenazados son los auditores, los administrativos, los mismos programadores, incluso los ingenieros de IA, devorados por su creación.
El revuelo que han desatado las últimas versiones de ChatGPT y sobre todo de Claude, de Anthropic, ha extendido los nervios. “Estamos ante algo mucho, mucho más grande que la covid”, asegura el programador Matt Shumer en un ensayo que se ha vuelto viral. “No estamos haciendo predicciones. Les contamos lo que ya ha ocurrido en nuestros propios trabajos y les advertimos que son los siguientes”, escribe Shumer. Entramos en un mundo en el que un niño diseñará su propio videojuego como cualquiera podrá hacer programación sin conocimientos informáticos.
Si lo pensamos bien, cuesta encontrar un trabajo intelectual que la IA no vaya a ser capaz de hacer con solvencia en un futuro próximo. Shumer lo resume así: “La IA no reemplaza una habilidad específica. Es un sustituto general del trabajo cognitivo”. El consejero delegado de Anthropic, Dario Amodei, lo dice con otras palabras: “La IA no es un sustituto de trabajos humanos específicos, sino más bien un sustituto laboral general para los humanos”.
Los mismos gigantes de la tecnología han iniciado rondas de despidos que se cuentan por decenas de miles según implantan la IA en sus procesos internos. Amazon, HP, Meta y Apple han sido los últimos ejemplos. En España, donde la industria tecnológica pesa menos, se teme que estemos en ciernes de una oleada de bajas en la banca, aunque por el momento no se puede predecir su alcance. BBVA llegó en diciembre a un acuerdo con OpenAI para ofrecer a sus clientes “una experiencia más inteligente, proactiva y totalmente personalizada”, y también para asistir a sus empleados con IA; mientras que el Santander prepara un plan estratégico que incluye fuertes recortes de costes en paralelo a la adopción de soluciones de inteligencia artificial. Ninguno ha confirmado que vaya a reducir plantilla, como por otro lado es la tendencia del sector desde hace años.
Una precaución: no todos los despidos atribuidos a la IA son víctimas reales de esta. Hay argumentos para sostener que, como en anteriores revoluciones tecnológicas, van a destruirse empleos, pero van a surgir otros, igual que desaparecieron tantos oficios a lo largo de la historia. Un factor tranquilizador es que la mayoría de los países desarrollados tienen cifras de paro históricamente bajas, y alguno roza el pleno empleo. Hace un año, un informe del Foro de Davos se atrevía a poner números: en un plazo de cinco años se crearán 170 millones de empleos y se destruirán 92 millones por el impacto de la IA. Es un pronóstico más optimista que el que señalan las voces anteriores: serían casi dos empleos nuevos por cada uno perdido. Claro que habría que medir el valor de cada uno: ya sabemos que hoy en España tenemos más riders y menos empleados de banca, pero sus salarios y condiciones no son comparables. Por otro lado, como pasa desde la primera Revolución Industrial, los trabajadores que pierden empleos obsoletos tendrán difícil estar preparados para acceder a los nuevos.
¿Quién desaparecerá, quién sacará provecho? El mercado está haciendo sus apuestas. Ha escrito Laura Salces: “Las Bolsas, en particular la estadounidense, han cambiado la forma de cotizar el desarrollo de la inteligencia artificial: en lugar de buscar al ganador de la carrera, disparan contra los que creen perdedores”. Las acciones de los gigantes tecnológicos están flojeando, porque tienen que realizar enormes inversiones para alimentar sus IA sin que sepamos todavía cuál va a ser el retorno: no hemos resuelto cómo se paga eso. Aun así, reciben toneladas de dinero (150.000 millones en lo que va de año) en sus rondas de financiación. Pero los inversores sí temen que el despegue de las máquinas inteligentes pueda arrojar a la cuneta a sectores enteros. Y así se pone en el foco global en actores inesperados, como la start-up asturiana Tuio, citada en informes de Goldman Sachs o Citi. La compañía, de un tamaño modesto en el mapa del seguro español, provocó una sacudida bursátil tras alcanzar un acuerdo con ChatGPT para que se pueda solicitar allí el presupuesto de un seguro de hogar. Eso provocó que las acciones de AON cayeran un 9% y las de Mapfre un 3% en una sola sesión.
Quizás (ojalá) el temor a una disrupción que se nos vaya de las manos sea exagerado. Un apunte interesante: la fiebre por invertir en oficinas parece desmentir el escenario distópico de un mundo sin empleados que puedan habitarlas. Ha escrito Yawen Chen, analista de BreakingViews: “Una limitación muy analógica –la escasez de las oficinas adecuadas en los lugares adecuados– permite que el sector siga ignorando los riesgos digitales de la IA”, asegura. Lo que choca con el estado de ansiedad global: “Los bancos, las aseguradoras y los bufetes de abogados —pesos pesados tradicionales de las oficinas— son candidatos obvios para automatizar roles”.
¿Es pronto para dar por hecha una hecatombe laboral que desestabilice nuestras sociedades? ¿Debemos prepararnos? Siempre hay quien ve las cosas desde otro ángulo. Me quedo con esta reflexión que me hizo Negroponte en 2019: “En algún punto, puede que no en 20 o 30 años, tendremos que repensar el concepto del trabajo. Hay una parte del concepto que tiene que ver con tener un sentido, un propósito. La gente siempre tendrá un propósito, serán vidas con sentido, pero puede no ser llevar un salario a casa, que es lo que define el empleo hoy. Si miras un par de siglos atrás, había una élite en la sociedad que no trabajaba en absoluto, pero escuchaba el piano, leía poesía… Una de las cosas que pasaron es que la gente elevaba su nivel de vida, el económico, su educación. Fue habiendo más y más gente con más tiempo para esas actividades que no son trabajo como lo conocemos”.
¿La IA nos quitará el trabajo y nos dejará en la cuneta? ¿O será verdad que permitirá que nos dediquemos a escuchar el piano y leer poesía como las élites del siglo XIX? Esto último tendría que pasar por reformas de mucho calado, desde una renta universal generosa hasta que los robots paguen impuestos, que se ven muy lejos hoy. Mientras tanto, los ingenios pensantes ya están aquí. Y no van a esperar que resolvamos esos debates.
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