La asignación de activos como eje de la inversión moderna
La arquitectura de la cartera es la principal herramienta de gestión del riesgo y la rentabilidad

Durante años, buena parte de la industria financiera centró el debate en una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué fondo lo hará mejor este año? La lógica era comprensible: anticipar al ganador parecía la forma más directa de obtener rentabilidad. Sin embargo, ese enfoque ha ido perdiendo sentido en un mercado cada vez más complejo y fragmentado.
Hoy la cuestión verdaderamente relevante es otra: cómo estructurar una cartera capaz de combinar distintas fuentes de rentabilidad y gestionar el riesgo de forma coherente. En este nuevo entorno, la arquitectura importa más que la pieza individual.
La asignación de activos (asset allocation) se ha consolidado como el eje central en la construcción de carteras. No es una moda ni un simple ajuste técnico, sino una evolución estructural en la forma de entender la inversión a largo plazo. El foco ya no está en la pieza del puzle, sino en la imagen final del conjunto. La arquitectura pesa más que el elemento aislado.
La evidencia académica lleva décadas apuntando en la misma dirección. El trabajo de Brinson, Hood y Beebower, publicado en el Financial Analysts Journal, mostró que la asignación estratégica explica una parte muy significativa de la variabilidad de los resultados a largo plazo. Más allá del debate metodológico que acompañó a ese estudio, su conclusión sigue siendo difícil de rebatir: la decisión sobre cuánto invertir en cada clase de activo suele ser más determinante que la selección puntual dentro de cada categoría.
Los acontecimientos recientes han reforzado esta idea. El año 2022 fue una llamada de atención para muchos inversores: por primera vez en décadas, renta fija y renta variable registraron caídas simultáneas de magnitud significativa, cuestionando supuestos de diversificación que se consideraban estructurales. El brusco giro de la política monetaria tras el repunte de la inflación evidenció que incluso los activos tradicionalmente defensivos pueden experimentar episodios de elevada volatilidad cuando cambia el régimen macroeconómico.
Al mismo tiempo, el retorno de tipos de interés positivos, con curvas soberanas que volvieron a ofrecer rentabilidades significativas tras años en terreno cercano o inferior a cero, ha devuelto a la renta fija un papel estructural que parecía diluido durante la década de liquidez extraordinaria. Hoy los bonos vuelven a ofrecer carry, visibilidad y capacidad de construcción de escenarios, pero su aportación depende de cómo se integren dentro del conjunto de la cartera.
Este giro ha obligado a replantear la construcción de carteras desde la base. Durante años, la falta de rentabilidad en la deuda soberana empujó a muchos inversores hacia activos más arriesgados en busca de rendimiento. Hoy, con tipos más normalizados, la renta fija vuelve a ofrecer una combinación más equilibrada entre rentabilidad esperada y control del riesgo. Pero ese potencial solo se materializa si la asignación se realiza con disciplina, entendiendo la duración, la calidad crediticia y la diversificación geográfica.
En paralelo, la construcción de carteras ha dejado atrás el sesgo doméstico que tradicionalmente caracterizaba al inversor español. La creciente integración financiera y la profundidad de los mercados internacionales han consolidado la exposición global como un elemento casi imprescindible: distribuir el riesgo entre economías, sectores y ciclos distintos para reforzar la estabilidad del conjunto.
Este cambio ya es visible en el mercado español: la gestión discrecional y las carteras modelo han ganado peso de forma estructural, desplazando progresivamente la recomendación puntual como eje del asesoramiento. El inversor delega cada vez más en procesos donde la asignación estratégica define el marco y los instrumentos se convierten en herramientas de implementación. En ese contexto, el auge de estrategias indexadas y de bajo T racking Error resulta coherente. Cuando la arquitectura es el punto de partida, tiene sentido utilizar instrumentos eficientes para construir determinadas exposiciones.
Sin embargo, sería un error interpretar esta tendencia como una sustitución total de la gestión activa. En segmentos menos eficientes —como mercados emergentes, High Yield, titulizaciones, infraestructuras o determinadas estrategias temáticas— la capacidad de análisis y selección sigue generando valor. La cuestión no es elegir entre gestión activa o pasiva, sino determinar en qué partes de la cartera cada enfoque aporta mayor eficiencia y coherencia con el objetivo global.
El verdadero cambio, no obstante, es cultural. La profesionalización del asesoramiento ha desplazado el foco desde la recomendación puntual hacia el diseño estructural y el acompañamiento continuo. El cliente ya no busca únicamente una lista de productos, sino un proceso coherente que integre objetivos, horizonte temporal y tolerancia al riesgo dentro de un marco explícito.
Pensar que la gestión discrecional es simplemente automatizar decisiones es una simplificación excesiva. La asignación de activos exige revisión constante, disciplina táctica y comunicación transparente. En un entorno donde las correlaciones pueden cambiar con rapidez —como se comprobó cuando renta fija y renta variable dejaron de actuar como amortiguadores recíprocos— la capacidad de adaptación dentro de un marco estratégico resulta esencial.
Además, la asignación de activos permite gestionar mejor uno de los riesgos más relevantes en inversión: el riesgo de comportamiento. Una cartera estructurada con criterios claros facilita mantener la disciplina en momentos de volatilidad y reduce la probabilidad de decisiones impulsivas. Cuando el inversor entiende el papel que desempeña cada componente, resulta más sencillo mantener el rumbo en escenarios adversos.
Estamos, en definitiva, ante un desplazamiento estructural: del producto al proceso, del fondo individual al diseño integral, de la búsqueda táctica de rentabilidad al equilibrio estratégico entre crecimiento y preservación de capital.
En un entorno donde la incertidumbre se ha vuelto estructural y los cambios de régimen macroeconómico forman parte del nuevo escenario, la arquitectura de la cartera se convierte en la verdadera fuente de estabilidad y crecimiento. La asignación de activos ya no es una decisión técnica más dentro del proceso de inversión; es el marco desde el que se interpretan los riesgos y se construyen las oportunidades.
Quien siga buscando el “producto del año” probablemente seguirá encontrando volatilidad. Quien entienda la cartera como una construcción estratégica no eliminará la incertidumbre, pero estará mejor preparado para gestionarla.
Bruno Patain es responsable para España y Portugal de Eurizon Asset Management