Cuando la IA hace prescindible a la gente
Block ha anunciado el despido de 4000 de sus 10.000 empleados por la IA

Block, la empresa matriz de Square y Cash App, acaba de anunciar que prescindirá de 4.000 de sus 10.000 empleados. La razón oficial: las ganancias de productividad que ofrece la inteligencia artificial hacen innecesaria buena parte de su plantilla. Hay quien matiza la noticia y apunta a que el verdadero motivo no es la IA, sino el exceso de contrataciones que la compañía acumuló durante los años de expansión post-pandemia. Es posible. Pero el matiz importa menos que la señal.
Porque aunque Block haya inflado su plantilla y ahora la corrija, el mensaje que lanza al mercado es inequívoco: la inteligencia artificial permite a una empresa funcionar con la mitad de su gente. Y ese mensaje, cierto o exagerado, ya está marcando el paso. No es casualidad que el Santander anuncie simultáneamente ahorros superiores a los 1.000 millones de euros anuales gracias a la integración de IA en su gestión de datos. La tendencia está clara: las empresas van a necesitar cada vez menos personas para producir lo mismo o más.
Conviene ser honesto con lo que esto implica. No estamos ante una transformación amable en la que unos empleos desaparecen y otros florecen simultáneamente, como si el mercado laboral fuera un jardín que se poda solo. Estamos ante un escenario en el que la tecnología puede hacer prescindible al ser humano en una parte sustancial de la cadena productiva. No en toda, pero sí en mucha más de la que estamos dispuestos a reconocer. La administración rutinaria, la contabilidad básica, los centros de atención telefónica, la gestión documental, incluso buena parte del análisis de datos: todo eso ya tiene fecha de caducidad.
La pregunta que deberíamos hacernos no es si la IA destruye empleo, sino qué vamos a hacer con las personas que deja fuera.
Y aquí es donde el debate público se queda corto. Llevamos años oyendo hablar de la Renta Básica Universal como si fuera la única respuesta posible a un mundo con menos trabajo. Pero una sociedad no se sostiene solo pagando a la gente para que no trabaje. Se sostiene manteniéndola activa, con propósito y con una función dentro del tejido productivo. La renta básica puede ser una red de seguridad, pero no es una política de empleo.
Quizá ha llegado el momento de pensar con más audacia. ¿Por qué no explorar, por ejemplo, la obligación de mantener un ratio mínimo de empleados en función de la facturación? Si una empresa genera cientos de millones y emplea a cincuenta personas porque un algoritmo hace el trabajo de miles, tal vez sea razonable exigirle una contribución directa al sostenimiento del empleo. No como castigo a la innovación, sino como contraprestación social por el beneficio que la automatización le reporta. Las empresas operan dentro de sociedades, y las sociedades necesitan gente que trabaje, consuma y partícipe.
Esto no es una idea para castigar a las empresas, sino para poner al ser humano en el centro de la toma de decisiones. Hace poco Sam Altman hablaba de la eficiencia energética para entrenar a una IA vs el coste energético de criar y educar a un humano. Las herramientas tienen que favorecer a los humanos y no destinarlos al ostracismo.
Además, necesitamos a gente activa, viendo como operan los sistemas para poder crear innovación. Es cierto que muchos puestos de trabajo desaparecerán, pero vendrán otros nuevos; y es más fácil reciclar a alguien en activo que sacarlos de una vida contemplativa, viendo los días pasar.
No se trata de frenar la IA. Sería absurdo y, además, imposible: la revolución llegará con o sin nuestra aprobación. Se trata de que los Estados dejen de contemplar este fenómeno como un problema de mercado que se autorregulará y empiecen a tratarlo como lo que es: un desafío estructural que exige respuestas nuevas, creativas y, sí, políticamente incómodas.
Porque el futuro que se dibuja no es el de un mundo sin trabajo, sino el de un mundo en el que el trabajo tal como lo conocemos ya no basta para sostener a la mayoría. Y ante eso, o pensamos en soluciones a la altura del problema, o nos limitaremos a gestionar el descontento de millones de personas que un día descubrieron que una máquina hacía su trabajo mejor, más rápido y sin pedir vacaciones.