El miedo a la crisis energética golpea a las Bolsas: el Ibex firma su tercera semana a la baja
Desde el inicio de la guerra, el selectivo español cede un 9%. El bono alemán a 10 años supera el 3%, máximos de 2011


Encontrar una explicación racional al comportamiento de los mercados resulta cada día más complicado. La tensión se ha agudizado esta semana después de que las infraestructuras energéticas del golfo Pérsico pasen a ser objetivo militar, intensificando la volatilidad. Desde el estallido de la guerra, la Bolsa se mueve al compás del crudo: cuando el petróleo sube, las expectativas se enfrían y la renta variable cede; cuando afloja, los parqués recuperan el aliento.
Las caídas de Wall Street y el repunte del brent —que ha subido un 3,26% y ronda los 112 dólares— han frenado este viernes cualquier intento de consolidación y han devuelto las pérdidas a las Bolsas. El Ibex 35 tampoco ha escapado al movimiento. Pese al impulso inicial de la banca y las utilities, el selectivo ha caído un 1,1%. En la semana se deja un 2% y encadena su tercera caída consecutiva, la peor racha desde la época de los aranceles de Trump. Desde el inicio del conflicto, el índice ha pasado de enlazar máximos a retroceder un 9%.
El retroceso ha sido aún más acusado en el resto de Europa. El Dax alemán cae un 4,6% en la semana; el Euro Stoxx 50, un 3,8%; el Cac francés, un 3,1%; y el FTSE británico, un 3,3%. En Estados Unidos, a media sesión, Wall Street encaja recortes cercanos al 1,9% y confirma su cuarta semana consecutiva en rojo.
Durante meses, los mercados parecían ajenos al ruido geopolítico. Pero cuando la energía amenaza con alterar el pulso de la economía, esa aparente inmunidad se desvanece. Los inversores aceleran la salida de activos, desde la renta variable hasta refugios como la deuda o el oro. Con la escalada bélica, las expectativas de nuevas subidas de tipos toman fuerza. Y si la Bolsa muestra debilidad, la renta fija refleja un deterioro aún mayor: los rendimientos se disparan y referencias como el bono alemán a diez años superan el 3%, su nivel más alto desde 2011, mientras la referencia británica supera el 5% por primera vez desde 2008.
En este clima, las advertencias del director ejecutivo de la Agencia Internacional de la Energía no ayudan a calmar los nervios. Fatih Birol sostiene que la guerra en Oriente Próximo constituye “la mayor amenaza de la historia para la seguridad energética”, un diagnóstico que alimenta la inquietud del mercado.
La incertidumbre empieza a calar entre los gestores. George Cotton, responsable de carteras en J. Safra Sarasin Sustainable AM, sostiene que “la semilla del shock inflacionario ya se ha sembrado” y que el futuro del estrecho de Ormuz “ya no está en manos de Trump”. A su juicio, el abanico de posibles escenarios se ha ampliado de forma drástica. “A pesar de los intentos por contener el precio del petróleo y tranquilizar a los mercados, las liberaciones de reservas estratégicas no han logrado calmar los ánimos, y esa es una señal preocupante. Sugiere que los inversores creen que este conflicto será más prolongado de lo que inicialmente se esperaba”, remarca.
La retórica belicista mantiene la tensión y cada comunicado oficial provoca movimientos inmediatos. Desde el inicio del conflicto, los inversores han relegado otras preocupaciones —como las dudas sobre el crecimiento tecnológico— y centran la atención en el impacto del encarecimiento energético sobre la inflación. Lo que se percibía como una operación limitada adquiere ahora una dimensión más amplia, con efectos crecientes sobre el mercado global.
A medida que la guerra sube de tono, también lo hacen las expectativas de nuevas subidas de tipos. El presidente del Bundesbank, Joachim Nagel, advirtió en declaraciones a Bloomberg que, si las presiones sobre los precios se intensifican, el Banco Central Europeo tendría que actuar. Los analistas analizan el alcance de sus palabras y su posible impacto en la hoja de ruta del BCE. Los operadores otorgan una posibilidad del 70% a un alza de las tasas en la próxima cita, un giro drástico respecto a finales de febrero, cuando el consenso era de estabilidad. “Los bancos centrales coquetean con las subidas y los mercados se han desbordado. Pero el listón es más alto de lo que se piensa”, asegura James Smith, economista de ING. Los expertos de la entidad holandesa consideran que recurrir a un alza de las tasas para tratar de solucionar problemas que vienen desde el lado de la oferta sería como abrir la caja de Pandora.
No obstante, con el conflicto lejos de remitir, los inversores empiezan a asumir el peor escenario. Las pérdidas en los mercados de deuda se aceleran y las rentabilidades siguen al alza, sobre todo en los tramos cortos. En lo que va de mes, la deuda alemana a dos años suma 67 puntos básicos, hasta el 2,67%. La referencia a 10 años avanza algo menos —40 puntos básicos—, pero supera la barrera del 3%, un nivel que los mercados consideran crítico. Mientras los vencimientos cortos reaccionan con más fuerza a los cambios en la política monetaria, los plazos más largos recogen las expectativas de inflación.
La misma tendencia se repite en el mercado estadounidense, donde los inversores dan prácticamente por descartada la continuación del ciclo de bajadas de tipos por parte de la Reserva Federal. En las últimas tres semanas, la rentabilidad del bono a dos años repunta 51 puntos básicos, hasta el 3,88%, y la referencia a diez años supera el 4,37%. David Rees, director de economía global de Schroders, advierte de que, aunque EE UU dispone de cierto escudo al ser exportador neto de energía, también es la economía más expuesta a que la inflación se afiance, lo que limita el margen de la Fed para relajar su política.
Al final, los mercados parecen haber agotado la paciencia que mostraron en otras crisis. Esta vez, el epicentro es la energía, y mientras el crudo siga marcando el paso, cada jornada será un examen de resistencia para unas Bolsas que vuelven a descubrir que, en tiempos convulsos, no hay refugio realmente seguro.
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