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Opinión

Trump y su discurso de la Unión: “Humildemente, soy el mejor”

Los demócratas necesitan a su propio Reagan para competir con un presidente impopular

Barack Obama y Bill Clinton, el 20 de enero de 2025, en la investidura de Donald Trump.ULIA DEMAREE NIKHINSON (POOL/EFE)

Hillary Clinton abroncaba a su marido por dar discursos larguísimos: en sus memorias, Bill Clinton reconoce que, en algunos discursos del Estado de la Unión se iba por las ramas. El problema de Clinton es que, cuando habla, le vienen a la cabeza demasiadas ideas, datos, argumentos: es una enciclopedia. Clinton no era disciplinado, pero caía muy bien y desbordaba empatía, que Trump no tiene, como pudo verse en su Discurso de la Unión del martes, el más largo de la historia: 108 minutos.

Michelle Obama echaba en cara a Barack que sus discursos eran demasiado sesudos y esto no le permitía enamorar a la audiencia, como sí conseguía Clinton. Obama es disciplinado y con rigor intelectual. Sabía distinguir entre un discurso del Estado de la Unión y un mítin electoral.

Melania Trump no dijo nada a su marido tras el Discurso de la Unión. ¿Para qué decirle algo? El discurso de Trump fue similar a sus intervenciones públicas del último año en temas, forma y fondo. Sus seguidores quieren escuchar ese discurso: otra cosa les hubiera decepcionado.

Trump acudió al Capitolio con una treintena de encuestas que le suspenden en todo: su gestión presidencial, dirección del país, inmigración, política exterior y, lo más preocupante para él y el Partido Republicano, suspende en gestión de la economía, que se supone que es su punto fuerte. La economía es la primera preo­cupación para la ciudadanía. Melania ni se inmutó cuando Trump se refirió a ella como una “movie-star” (estrella del cine). Parecía que, por contraste con Hillary y con Michelle –que se involucraban en la redacción de los discursos de sus maridos– a Melania le importara poco… quizá porque pensaba que todo era un show.

Trump hizo –como siempre– desmesurado uso de las hipérboles: “Nuestra economía crece más que nunca” (un magro 2,2%, como en 2025 y 2024); “la inflación ha desaparecido” (pero sigue por encima del objetivo de la Fed, el 2%); “he creado más empleo que nunca jamás en la historia de nuestro país”, tampoco acertado, porque en ninguna presidencia norteamericana se ha creado tanto empleo como con Bill Clinton, y el PIB creció de media el 5% anual (1993-2000). Obama heredó la Gran Recesión, que superó con matrícula de honor, en crecimiento económico y empleo. Los demócratas necesitan un/a líder con el carisma y el liderazgo de Clinton y Obama para ganar elecciones.

El discurso de Trump tuvo clave electoral, cara a las legislativas de noviembre. Quienes más tienen que perder son los republicanos. Con un presidente en horas bajas, el discurso de Trump proveyó a los conservadores de estímulo emocional y recordatorio –por si no se lo sabían ya de memoria– de los argumentos que han de utilizar durante la campaña.

Al discurso acompañó la puesta en escena. Aunque todos los presidentes lo hacen, Trump lo hizo más: llevó al Capitolio a muchos ciudadanos normales, víctimas de enfermedades o de violencia o muerte de familiares. Se vivieron momentos emocionantes que, incluso a muchos demócratas, empujaron a levantarse y aplaudir. Estuvo el equipo masculino de hockey sobre hielo que ganó el oro en los recientes Juegos Olímpicos. Una niña atropellada por un inmigrante ilegal, abrazada a su padre; veteranos de guerra –uno, centenario– que recibieron medallas…

En estos dramas humanos, con los que Trump quiso aderezar su discurso, había mensajes subliminales: “Por culpa de la política migratoria demócrata, esos padres han perdido a su hija, asesinada, pero yo lo he arreglado”; “por culpa de Obamacare, ese matrimonio no podía permitirse la fecundación in vitro, pero he bajado el precio de los medicamentos y serán magníficos padres”.

Lógicamente, estuvo presente la viuda de Charlie Kirk, activista conservador asesinado en 2025, que sirvió a Trump para definir a los demócratas como unos “pirómanos pirados” y, de paso, galvanizar al electorado cristiano. “La religión revive en América” y tiene razón, así es, especialmente entre los jóvenes. Y, cuando dijo, parafraseando los documentos fundacionales de Estados Unidos: “Volvemos a ser una nación bajo Dios” (“one nation, under God”), la mayoría de los demócratas aplaudieron de pie. Elisabeth Warren, líder de la izquierda más opuesta a Trump, fue la demócrata que más se levantó para aplaudir a Trump (¡sorpresa!, dijo la CNN) cuando hubo historias humanas de por medio.

En 2026 se cumplen 250 años de la fundación de lo que George Washington denominó “el experimento americano”: los ciudadanos gobernándose a sí mismos, mediante sus elegidos representantes. Y la separación de poderes, que ha funcionado bien cuando el Tribunal Supremo declaró ilegales los aranceles de Trump, por considerarlos impuestos: solo el Congreso puede regular impuestos, no así el presidente. Trump lanzó un dardo, pequeño, a los cuatro jueces del Supremo presentes.

Los ocho militares-generales estaban impertérritos escuchando de nuevo: “He acabado con ocho guerras y voy a terminar la de Ucrania”, pero no en un día, añadimos… Eso sí, Trump lanzó un aviso fuerte a Irán: les acusó, por vez primera, de no desistir en su empeño de tener bombas nucleares; el aviso tenía forma de ataque militar. Esto fue una novedad reseñable.

Trump se arrogó el mérito de una América maravillosa, pero disociada de la que vive la población. Ronald Reagan era famoso por muchas cosas, como inventarse historias, proyectar la nación idealizada de sus recuerdos; echarse la siesta, contar chistes…, pero no se le echaba en cara: se reía de sí mismo con sus propias gracias y caía bien. En su primer discurso de la Unión, Reagan recordó a George Washing­ton, quien inauguró la tradición en 1790. Y acabó: “Le diré a la prensa, que busca precisión en los datos, que, a pesar de mi edad, yo no estuve allí para escucharlo”.

Los demócratas necesitan su propio Reagan para competir con Trump. Y dejar de lado experimentos.

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